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Dios tiene un
plan para nuestras vidas, y todo lo que sucede en nuestro andar
ocurre para descubrir cuál es, espero que las ideas que aquí
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El Plan para los
Creyentes.
Dones y Vida
Espiritual de la Iglesialos dones:
Contexto Eclesial y Naturaleza
por
Julián Mellado Hernández
Revista Aletheia nº1/2000
Introducción
Quisiera empezar esta breve exposición
sobre los dones espirituales con una reflexión personal. Siempre me
ha preocupado este tema, no por el estudio del mismo, sino por las
actitudes que se han dado entre creyentes. Ha habido demasiados
conflictos en torno a la «cuestión carismática». Nos hemos
enfrentado a causa de los dones del Espíritu, y muchas veces hemos
ofendido al Espíritu de unidad. Me pregunto cuánto habré ayudado yo
a ese conflicto, y pido perdón a Dios por tal atrevimiento. Los
evangélicos debemos aprender a dialogar y confrontar nuestras
diferentes perspectivas, en el amor del Espíritu. Pero quiero pensar
que algo estamos avanzando. El mero hecho de que desde esta revista
se haga el intento de exponer diferentes posiciones en un clima de
respeto, puede ayudar a abrir caminos para aprender unos de otros.
Creo que es importante recordar lo que dijo el apóstol Pablo: «Ahora
vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara.
Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1
Co. 13:12).
Si esto lo decía el apóstol inspirado,
cuánto más nosotros debemos ser conscientes de nuestras
limitaciones. Esto no significa que no debamos buscar el
entendimiento de Las Escrituras. Todo lo contrario. Es nuestra
responsabilidad escudriñar Las Escrituras, con rigor, seriedad y
humildad, escuchando a otros hermanos.
I. El Contexto de los Dones
Espirituales.
Entrar a dilucidar directamente sobre
los dones espirituales, sin entender su contexto eclesial es un
error. Las Escrituras nos muestran que para entender los Carismas
del Espíritu, debemos ahondar en la naturaleza de la Iglesia.
De nada nos sirve discutir sobre la
vigencia o no de ciertos dones, si no entendemos para qué fueron
dados, y en qué contexto deben ser ministrados. Cuando hablamos de
los dones espirituales, estamos hablando de un aspecto de la
Eclesiología.
El Nuevo Testamento deja claro que en
el nuevo pacto, todos los creyentes son sacerdotes del Dios vivo. La
Iglesia de Cristo, entendida como Templo, implica el ministerio de
los sacerdotes. A partir de Pentecostés, la Iglesia tiene una
naturaleza Pneumática. (No estoy defendiendo ningún concepto
docetista de la iglesia). Jesucristo gobierna su Iglesia, a través
de la autoridad de su Palabra y la obra de su Espíritu. Parte de esa
obra consiste en la capacitación de los santos para que realicen la
obra del ministerio que a cada uno corresponda. En Efesios 4:11-12,
vemos como el Señor de la Iglesia constituye unos ministerios de
liderazgo que tienen por fin la preparación de los santos. Este
aspecto es muy importante desde un punto de vista pastoral y
eclesial. Otro aspecto de esa preparación, son los carismas que el
Espíritu del Señor reparte, según su voluntad.
Hablando de los dones espirituales, la
Palabra nos dice: «Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo
Espíritu repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1 Co.
12:11). ¿Cuál es el propósito de los dones?
«Así también vosotros, pues que
anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para
edificación de la iglesia» (1 Co. 14:12).
El contexto del ejercicio de los dones
es la iglesia; son dados por el Espíritu de Dios, y tienen como fin
principal, la edificación de la iglesia.
Hasta aquí, imagino, que habrá
bastante consenso entre los evangélicos. Pero el problema surge
cuando queremos determinar cuáles son los dones que están vigentes y
cuáles no. Los argumentos en pro y en contra de la vigencia de los
dones llamados extraordinarios han configurado las actitudes de las
diferentes escuelas teológicas y de las iglesias, mostrando su
influencia en el entendimiento de la Eclesiología. La posición que
quiero exponer es la de la vigencia de todos los carismas del
Espíritu mientras sea necesario edificar la iglesia. La iglesia como
agente del Reino de Dios encarna el ministerio de Jesucristo a
través del ejercicio de los dones. Un ministerio que nunca debe
estar divorciado del carácter de Cristo, por lo que en toda
consideración de este tema, debe ir acompañada de una vivencia de
los frutos del Espíritu. Así lo entiende el apóstol Pablo, quien en
1 Corintios, al escribir acerca de los dones, inserta, casi en forma
de «cuerpo extraño» una consideración del amor (1 Co. 12-14). Si los
dones son capacidades espirituales dadas por Dios por pura gracia, (Jaris),
la recomendación de Pablo en ese capítulo es de extrema importancia.
Nos enseña que solamente es legítimo el uso de los carismas cuando
realmente edifica la iglesia, lo cual sólo se puede hacer con el
amor de Dios.
Cualquier uso de los dones, no
ejercido desde el fruto del Espíritu (ver Gá. 5:22-23) no puede
edificar y traería un abuso de consecuencias nefastas. Este fue el
problema de la iglesia de Corinto. Esta epístola nos muestra que
puede haber un mal uso de esas capacidades espirituales, que
necesitan ser corregidas.
Actualmente están surgiendo nuevas
formas de entender los carimas. Se está introduciendo la idea de que
el creyente debe alcanzar (por su consagración) unos niveles de
espiritualidad, llamados unciones, que le capacitarán para ejercer
los dones más extraordinarios. Esto es una negación de lo que nos
enseña la Palabra. Si son dones, entonces son dados por la gracia de
Dios y según su voluntad (1 Co. 12:11).
Otro aspecto a tener en cuenta, es que
se comete un error al querer separar los dones en extraordinarios y
ordinarios. Si provienen todos del Espíritu, entonces todos son
extraordinarios. El que a nosotros nos parece más «normal», el don
de servicio que el de profecía, es debido a una evaluación basada en
presupuestos a priori, pero no de una exégesis y hermenéutica
bíblicas. Quizás la Escritura sí expone una clasificación general
con respecto a los dones. No en cuanto a su naturaleza pero si en
cuanto a su uso.
«Cada uno según el don que ha
recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la
multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las
palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que
Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a
quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los
siglos. Amén» (1 P. 4:10-11).
El ejercicio de los dones está
relacionado con la administración de la multiforme gracia de Dios.
De ahí la responsabilidad del creyente. El texto parece indicar que
esa administración se realiza básicamente de dos maneras, ejerciendo
aquellos dones que tienen que ver con hablar y aquellos que tienen
que ver con ministrar. Pero si alguien habla conforme a las palabras
de Dios, o ministra con su poder, ¿significa que todo lo que diga o
ministre, proviene del Espíritu? Si Pablo ya advierte contra un mal
uso de los dones, y se nos llama a discernir, es que el asunto no es
tan sencillo.
Siempre hay quien reclama «la
autoridad del Espíritu» para justificar sus extravagancias, que
tanto daño hace al testimonio de la iglesia. Hay quien llamándose
«los ungidos», desarrollan actitudes de mediación entre Dios y los
creyentes (ya que ellos son los que «reparten la unción») que sólo
pertenecen a Jesucristo (1 Ti. 2:5). Todos los creyentes están ya
«ungidos» desde el momento en que recibieron al Espíritu de Cristo
cuando se convirtieron (Ro. 8:9). Además de que cualquier actividad
que el Espíritu Santo realice en la iglesia apunta siempre a Cristo.
Aún el uso de los dones se da en el contexto del Señorío de Cristo.
No existe un «Espíritu» autónomo, sin referencia a Jesucristo. Al
Espíritu Santo se le llama el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9). El
Espíritu vino para glorificar a Cristo (Jn. 16:14). Por lo tanto
toda actividad carismática tiene su punto de referencia en la
persona de Jesucristo, tal y como viene revelado en las Escrituras.
Esto nos ayudará a entender la verdadera naturaleza de los dones del
Espíritu.
II. La Naturaleza de los Dones
Espirituales.
Existen diferentes puntos de vista
sobre la naturaleza de los dones. Principalmente se dan tres
supuestos1.
El primero es el que considera los
dones como capacidades naturales. Lo podríamos llamar como «talentos
santificados». De ahí que se dice que hay dones de música, o que un
médico cristiano ejerce el don de sanidad. Esta visión de los dones
no hace justicia a lo revelado en el Nuevo Testamento. Si son
talentos naturales, significa que nacemos con ellos o los adquirimos
en nuestro crecimiento personal. En todo caso uno puede tener esos
talentos antes de ser cristiano. La actividad del Espíritu sería
solamente santificar, y ayudar a que glorifique a Cristo. Estoy de
acuerdo en que los talentos naturales deban estar al servicio de
Dios, pero si algo enseña el Nuevo Testamento es que los carismas
son dados por el Espírtu Santo al creyente (1 P. 4:10).
Esta teoría parte más bien de una
actitud racionalista que niega los aspectos sobrenaturales de la fe.
Otro punto de vista refleja la
posición totalmente contraria. Es la idea de que los dones son
totalmente sobrenaturales. Se niega que haya una implicación humana.
Es una especie de «posesión» del Espíritu Santo, el cual utiliza el
cuerpo humano pero anula la mente. Por lo tanto todo lo que ocurre
tiene la absoluta autoridad y garantía de Dios. Si se ejerce el don
de profecía, lo que se dice es inspirado, y exento de error. No se
ejerce discernimiento alguno, pues sería juzgar, según se dice, al
mismo Espíritu Santo. Los abusos en este terreno, han traído mucha
confusión y dolor. Este concepto del ejercicio de los dones es de
naturaleza mística, y contiene un concepto mágico de los mismos.
Tiene su atractivo, pues su presentación es casi siempre
espectacular. Los cristianos de hoy deben aprender a discernir a la
luz de la Palabra, todas las experiencias a las que se ven
expuestos. No es pecado exponer a examen a cualquier don. Es una
responsabilidad que debe ejercerse con amor, respeto y rigor. La
falsa espiritualidad puede entretener, pero nunca edificar.
El tercer punto de vista, es el
bíblico. Es aquel que presenta la naturaleza encarnacional de los
dones. El pastor de Asambleas de Dios, David Lim lo explica de esta
manera:
«Esto quiere decir que Dios obra a
través de los seres humanos. Los creyentes le somenten su mente,
corazón, alma y fortaleza a Dios. Consciente y voluntariamente le
entregan todo cuanto son. El Espíritu los capacita sobrenaturalmente
para ministrar más allá de sus posibilidades, al mismo tiempo que
expresa cada don a través de su experiencia en la vida, su carácter,
su personalidad y su vocabulario. Esto no disminuye de manera alguna
su eficacia, sino más bien le permite a la congregación poner a
prueba su veracidad bíblica y su valor de edificación»2.
Esta es una valoración importante, que
se mantiene dentro de los límites de la Palabra. A la vez que
vindica el carácter sobrenatural de los dones, expone su naturaleza
encarnacional que no excluye el factor humano. Desaparece el aspecto
«naturalista» y el «mágico» que vimos en los otros dos puntos de
vista. Esto nos abre camino para entender mejor los dones que nos
parecen más extraordinarios, y que pueden presentar algún problema
con la autoridad de Las Escrituras.
III. La Autoridad de las Escrituras y
los Dones
Las Escrituras deben establecer la
libertad y los límites del uso de los dones. Precisamente debido al
factor humano y a su naturaleza encarnacional, debemos prestar
atención a las indicaciones que nos da la Palabra de Dios. Una de
las cuestiones más espinosas es aquella que se refiere al uso del
don de Profecía, ya que aparentemente desafía la suficiencia y la
autoridad de la Biblia. Si el concepto que se defiende de los dones
es el de tipo mágico, es innegable que tal conflicto se da ¿Cuál es
la Palabra de Dios? ¿Tiene la misma autoridad el don profético que
las Escrituras? Si el uso del don es con referencia a una
inspiración del Espíritu, entonces lo que dice el profeta es
inspirado y obviamente entra en conflicto con la «Sola Escriptura».
Quizás demasiadas veces se presenta de este modo el don profético,
levantando protestas y polémicas, que se podrían evitar, si se
presentara el uso del don, dentro de los principios bíblicos. Pero
si valoramos el don profético en su naturaleza encarnacional, vemos
que esos escollos se pueden resolver. El Pentecostalismo histórico
siempre ha defendido la suficiencia y la autoridad de la Biblia,
reconocida como la única Palabra de Dios inspirada por el Espíritu
Santo. El profetismo del Nuevo Testamento no tiene las mismas
características que el profetismo del Antiguo Testamento. Los
profetas hebreos del antiguo pacto, eran los hombres inspirados por
Dios para escribir las Escrituras. Su inspiración era verbal y
plenaria además de tener la garantía de la inerrancia. Lo que ellos
dijeron y registraron es la Palabra de Dios. De ahí las severas
penas para aquel que profetizara sin ser enviado por el Señor. En el
Nuevo Testamento los encargados de registrar las palabras del Nuevo
pacto, fueron los hombres apostólicos (no los profetas). Los únicos
que fueron inspirados por el Espíritu Santo.
Por tanto, el profeta del Nuevo
Testamento, no es inspirado, sino iluminado por Dios, para
transmitir una dirección concreta a la congregación. No es
inerrante. Por eso nos enseña el apóstol Pablo lo siguiente:
«Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzgen» (1 Co.
14:29). ¿Se juzga acaso lo que está inspirado? ¿Se juzga la Palabra
de Dios? Obviamente no. Podemos ver que aunque lo que da el profeta
tiene su origen en un operar del Espíritu, lo que dice no es Palabra
de Dios. Sí es una dirección, una iluminación sobre las intenciones
del Espíritu, pero dado de forma encarnacional. Por eso nos dice
Pablo: «Y los espíritus de los profetas estan sujetos a los
profetas» (1 Co. 14:32).
Podemos ver que el factor humano, es
el que ejerce control sobre el uso del don profético. La
congregación debe ejercer su responsabilidad en discernir y juzgar
si la profecía no contradice la Palabra de Dios. El control que
ejerce el Espíritu Santo cuando inspira a un escritor de la Biblia
(de ahí la inerrancia) no es ejercida sobre el don profético. Pero
tampoco estamos diciendo que todo proviene del factor humano. La
profecía no es reflexión intelectual. Es obra del Espíritu Santo.
Dios suscita esos pensamientos, que el profeta debe comunicar, pero
dentro de la libertad y la limitación que le da La Palabra.
Otro aspecto a tener en cuenta es que
el don profético no es de tipo revelacional. No aporta Revelación, a
modo de completar el Nuevo Testamento. Su función la determina las
Escrituras con bastante claridad: «Pero el que profetiza habla a los
hombres para edificación, exhortación y consolación» (1 Co. 14:3)
Quizás donde mejor podemos ver esa naturaleza encarnacional del don
de profecía es en el texto, donde hablando de los dones recibidos
por gracia, Pablo nos dice: «...si el de profecía, úsese conforme a
la medida de la fe» (Ro. 12:6).
He querido concentrarme en el don
profético por ser aquel que quizás, levanta más interrogantes. Pero
también por ser aquel en el cual se dan más abusos, dejando tras de
sí auténticas víctimas de la credulidad. Pero eso no significa que
no hay un uso correcto y apropiado del don dentro del contexto de la
iglesia local. Al igual que el apóstol Pablo, no se trata de
prohibir sino de corregir y enseñar conforme a la Palabra. Y es
desde esa Palabra, la única y la única autoridad en materia de fe y
conducta, que ponemos nuestra atención cuando nos dice: «No apaguéis
al Espíritu, No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo;
retened lo bueno» (1 Tes 5:20).
IV. La Diversidad de Dones.
En este apartado he seguido la
excelente exposición de David Lim (Teología Sistemática, Una
perspectiva pentecostal, Editado por Stanley M. Horton. Vida) con el
cual estoy en deuda.
Hay diversidad de dones espirituales.
Ninguna lista tiene el propósito de ser exhaustiva. Esa diversidad
resalta el carácter dependiente del uso de los dones. Nadie se basta
a sí mismo para edificar el Cuerpo de Cristo. Cada uno ejercerá su
ministerio según los dones que haya recibido. Pero todos los
miembros del Cuerpo necesitan a los otros. Los dones pues se
complementan. Cualquier independencia, autopromoción e
individualismo, niega lo que la Palabra enseña en cuanto al uso
legítimo de los ministerios.
En el Nuevo Testamento encontramos
diferentes listas de dones. Las encontramos en Romanos 12, 1 Co.
12-14 y 1 P. 4.
David Lim nos indica: «A partir del
uso que hace Pablo dos veces de la palabra griega héteros («otro de
una clase distinta») en 1 Co 12:6-8, podemos ver los dones divididos
en tres categorías de dos, cinco y dos dones respectivamente»
Esta división es representativa pero
no exhaustiva, pues se basa sólo en 1 Corintios. Pero puede ayudar a
comprender los diferentes enfoques que la Palabra da a los carismas.
Dones de enseñanza (y predicación). El
mensaje de sabiduría. El mensaje de conocimiento.
Dones de ministerio (a la iglesia y al
mundo), Fe, Dones de sanidades, Poderes milagrosos, Profecía,
Discernimiento de espíritus.
Dones de adoración, Diferentes clases
de lenguas, Interpretación de lenguas.
En la iglesia local, la forma de
ejercer los ministerios y el uso de los dones, mostrarán la madurez
de la congregación. La iglesia debe comprender que es el Espíritu de
Dios quien da los dones y que no se trata de una nueva «meritología»
(1. Co 12:12-31). Debido a que los ministerios tienen como objetivo
la edificación de la iglesia, el creyente debe ser instruido en el
camino más excelente. (1 Co 13:1-13). Esto es de enorme importancia.
El apóstol trata de enseñar que aunque es importante el don de
lenguas, por estar dirigido a Dios, les muestra que el don de
profecía tiene más utilidad por estar dirigido a la congregación. A
no ser que haya interpretación lo que traería bendición a la
congregación en un espíritu de alabanza (1 Co 14:1-5). El Apóstol
exhorta a la madurez del creyente que busca siempre la edificación
del hermano, aún a expensas de sus propias experiencias espirituales
que sólo le edifican a él (1 Co 14:6-21) Pablo sigue enseñando sobre
el uso correcto de los dones para que no sean tropiezo ni al hermano
ni al incrédulo. Para ello muestra las diferentes funciones que
tienen especialmente los dones de lenguas y profecías por su
expresividad en la congregación (1 Co. 14:22). Es importante pues,
que cuando la iglesia se reúne, haya un cierto orden y un correcto
uso de los carismas (1 Co. 14:23-33). Ese orden tiene también que
ver con otras cuestiones que ayudan a hacer todo decentemente y con
orden. (1 Co. 14:34-40).
V. Cuando Venga lo Perfecto.
Quizás donde se da la mayor
controversia entre evangélicos, es en el tema de la vigencia de los
dones. Muchas veces la controversia se ha centrado en las palabras
del apóstol Pablo: «El amor nunca deja de ser; pero las profecías se
acabarán y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en
parte conocemos y en parte profetizamos; mas cuando venga lo
perfecto, entonces lo que es en parte se acabará» (1 Co 13:8-10).
Nadie duda de que el ejercicio de los
dones acabará algún día. Pero ¿cuándo? Muchos creyentes piensan que
lo «perfecto» que pondrá fin a los dones (al menos los llamados
extraordinarios) es el establecimiento del Canon neotestamentario.
Ya tenemos la Revelación completa y por lo tanto ya no hace falta
seguir con el ejercicio de ciertos dones. Otros consideran que lo
«perfecto» en el sentido de «maduro», es el ejercicio del amor, al
cual cuando una congregación alcanza esa madurez ya no necesita
ciertos carismas. Todos estos argumentos (y otros) tienen su valor.
Unos por dejar muy claro la autoridad única del Nuevo Testamento, y
otros por enfocar la madurez como el ejercicio del amor cristiano.
(Existen otros argumentos que no puedo considerar por el momento).
Pero para el Pentecostalismo histórico estos argumentos no reflejan
la totalidad del pensamiento del apóstol. El texto de 1 Co. 13:8-13
está encuadrado en un contexto más amplio que trata del correcto uso
de los dones, debido a los abusos y errores en la práctica de los
creyentes de Corinto.
En ese contexto, Pablo trata de
establecer la verdadera importancia de los carismas del Espíritu.
Son dados por Dios, para edificación, tienen un cierto orden, etc...
El problema que había en Corinto, era que los dones eran tomados
como «créditos» espirituales. Ciertos dones eran más valorados que
otros. Pablo tiene que corregir esa mala interpretación que acabaría
en el orgullo espiritual. Inserta el capítulo del amor, para mostrar
lo que de verdad es «el camino más excelente», es decir, lo que de
verdad acredita la espiritualidad de un creyente. Para ello muestra
que todo lo referente a los dones, especialmente los más llamativos
(lengua, profecía, ciencia), pertenece a un estado de la iglesia en
la que debe ser edificada. Si todavía hay que edificar, es que no
está todavía en su plenitud. Así que el apóstol enseña que los dones
se ejercen desde las limitaciones propias de lo que «es en parte».
Por lo tanto no hay por qué «sacralizarlos». Tienen su utilidad,
mientras haya que edificar la iglesia o trabajar a favor del Reino
de Dios, que tenemos ahora en primicia. Ahora bien, sí hay algo que
podemos vivir y que tiene un valor superior al uso de los dones: el
fruto del Espíritu.
«Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor,
estos tres, pero el mayor de ellos es el amor» 1 Co. 13:13.
Así podemos reconocer a los que de
verdad están madurando y creciendo en Cristo. Cuando llegue el día
en que la iglesia entre en su plenitud, ya no harán falta los dones,
pero el amor permanecerá.
Evaluación Final
Este artículo presenta lagunas y
deficiencias, lo sé y lo admito. Por un lado debido al espacio
concedido para hacer la reflexión, y por otra mis propias
limitaciones. Estoy aprendiendo, y reconozco que no domino todos los
aspectos de estos temas. Pero pienso, que he tratado de aportar una
visión que puede ayudar a un entendimiento y a aclarar
malentendidos. No sé si lo he logrado.
La Biblia es la única Palabra de Dios
inspirada por el Espíritu y desde una correcta exégesis y
hermenéutica, practiquemos los dones en el amor de Jesucristo, para
edificación.
Julián Mellado
Ex-Director del
Instituto Nacional
y Seminario
Teológico por Extensión(INSTE)
Miembro de la
Comisión de Teología de la A.E,E.
Madrid.
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