Ahora
estamos celebrando la fiesta de Januká (Dedicación),
aunque esta no es un fiesta ordenada por Dios al Pueblo
de Israel, es una fiesta de alegría que conmemora los
milagros y las victorias sobre el enemigo que deseaba
imponer el paganismo y erradicar la observación de los
mandamientos Divinos.
El día
25 de Kislev comienzan los ochos días de Januká, cada día
de la fiesta se enciende una vela hasta llegar a encender
un total de ocho velas el último día de la fiesta, la
Fiesta de las Luces o como es más conocida “La Fiesta de
la Dedicación”, celebra la recuperación del Templo de
manos de los seléucidas, cuando ellos tomaron la Tierra de
Israel de manos de los ptolomeos en el año 197 a.c., ellos
entraron al Templo Sagrado y lo impurificaron, haciendo
sacrificios a los dioses paganos, todos estos sacrilegios
fueron parte de la campaña política de Antíoco Epífanes
para que el Pueblo Judío no observara los mandamientos del
Señor, su campaña ordenaba la prohibición de la
circuncisión a los niños, la enseñanza de los pequeños, la
lectura de la Torá en las sinagogas, y además entre su
intención para que el Pueblo de Israel se asimilara abrió
centros helenistas de deporte y cultura, algunos judíos
fueron atraídos por estas costumbres que iban en contra de
los mandamientos, pero la mayoría del pueblo se oponía a
tales prácticas y preferían la muerte a tener que faltar
al Dios de sus Padres: “Sucedió también que siete hermanos
apresados junto con su madre eran forzados por el rey,
flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de
puerco (prohibida por la Ley). Uno de ellos, hablando en
nombre de los demás, decía así: ¿Qué quieres preguntar y
saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que
violar las leyes de nuestros padres” (II Macabeos 7:1-2),
algunos judíos siguieron la ordenes por temor, muchos
abandonaron el país, pero entre aquellos que se quedaron
en la Tierra Prometida estaba Matitiáhu el levita; como
siempre los grandes movimientos comienzan por un hombre
respaldado por Dios y ellos se enfrentan solos contra todo
el mundo, como Abraham; Moisés; Elías; y muchos otros, las
grandes revoluciones que han marcado el destino del mundo
han comenzado por un hombre sin ejércitos o sin poder,
después de que Matitiáhu muere, sus cuatro hijos: Yehudá,
Shimón, Yonatán y Azaría luchan en contra del enemigo,
después de que ellos lo vencen la Casa de los Hasmoneos
toma el poder, por desgracia esta Casa llena de orgullo
por sus victorias se olvida de los milagros hechos por el
Eterno y vuelven su cara hacia Roma, siendo tentados por
los tratos diplomáticos y la política.
La conquista de la
Tierra de Israel por los griegos y las guerras de los
judíos en contra de los seleúcidas las podemos ver en los
libros de los Macabeos (estos libros no son parte del
Canon Sagrado), la guerra que comenzó alrededor del año
170 tuvo su fin en el año 63 a.c. debido a la intervención
romana.
Debido a que la Casa
de los Hasmoneos no tenía en gracia al partido de los
fariseos y los acusaban de hipócritas, a causa de que los
fariseos consideraban a los hasmoneos como traidores, es
que los fariseos no hablaron por mucho tiempo sobre Januká
y solo podemos encontrar este evento y sus detalles
escritos varios siglos después por los rabinos en el
Talmud, a pesar de esto es interesante que el Evangelio de
Juan es una de las fuentes judías más antiguas que habla
sobre la Festividad de Januká, “Celebrábase en Jerusalén
la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba
en el templo por el pórtico de Salomón” (10:22-23), junto
con los libros de los Macabeos, encontramos que el
Evangelio de Juan y Flavio Josefo hablan de la Festividad
de la Dedicación, pero no mencionan el milagro que sucedió
en el Templo.
El Milagro de Januká
Aunque para muchos
cristianos existe un período de 400 años de silencio en el
que Dios no se manifiesta a Su pueblo, para los judíos es
muy diferente, según la Tradición Judía, Dios se manifestó
por medio de un hermoso milagro cuando el Templo fue
dedicado de nuevo por Yehudá el Macabeo y el Pueblo de
Israel aquel 25 de Kislev.
En el Evangelio de
Juan se recuerda que ya en la época del Señor la
celebración de la purificación del Templo se hacía en
Jerusalén y los judíos subían para conmemorarla.
Según Flavio Josefo,
el Templo después de haber sido impurificado, se destruye
toda la idolatría que había profanado el Santuario, el
Templo es limpiado cuidadosamente y se construye un nuevo
altar, siendo nuevamente dedicado el Santuario el 25 de
Kislev, Josefo trae la historia de la Dedicación con
muchos detalles (Antigüedades de los Judíos 12:7:6), pero
no menciona el milagro de Januká.
La primera mención que
tenemos de Januká en el Talmud es en el Tratado Shabat:
“¿Qué es Januká? Dijeron los Rabinos: En el 25 de Kislev,
los ocho días de Januká no son días de duelo y de ayuno.
Porque cuando entraron los griegos al Santuario,
impurificaron todos los aceites que estaban allí. Y cuando
se levantó el reino de los hasmoneos y fueron victoriosos,
buscaron y encontraron solo una vasija de aceite en la que
estaba el sello del sumo sacerdote, y era suficiente solo
para un día (para encender las velas de la Menorá -
candelabro de siete brazos), se hizo un milagro y
estuvieron prendidas ocho días, al año siguiente se
decretó estos días de alabanza y agradecimiento” (21b).
Es así la primera vez
que se recuerda en el Talmud la Festividad de Januká y el
milagro de la vasija de aceite, dando por testimonio que
el decreto de esta festividad fue decretado por “los
Sabios de aquella generación” y escrito en la Guemará
(segunda parte del Talmud) siglos después, según los
rabinos las victorias de los judíos en contra de los
griegos es gracias a que Dios se manifestó y apiadó de Su
pueblo, haciendo milagros y actuando de una forma
palpable, el milagro de la Menorá encendida por ocho días
con una sola vasija de aceite purificado que era
suficiente para un día, hasta que se hiciera más aceite
puro, fue la confirmación de la Presencia del Eterno en
aquella época de angustia y peligro para el Pueblo de
Israel, la Mishná Brurá lo relata de la siguiente forma:
“Porque en los días del segundo Templo los reyes de Grecia
decretaron leyes sobre Israel y anularon su Fe
(religión).... hasta que el Dios de nuestros Padres
se apiadó y nos salvó de sus manos y nos libró de
ellos... porque no encontraron sino solo una vasija de
aceite.... y encendieron las velas (del candelabro) por
ocho días, hasta que machacaron aceitunas y sacaron aceite
puro. Por eso los Sabios de aquella generación decretaron
estos ocho días desde el 25 de Kislev para alegría y
alabanza, enciendan en esos días velas en las entradas de
las casas cada noche de los ocho días, para mostrar
y revelar el milagro” (Mishná Brurá 670).
Costumbres de la Festividad
“Por eso los Sabios de
aquella generación decretaron estos ocho días desde el 25
de Kislev para alegría y alabanza, enciendan en esos días
velas en las entradas de las casas cada noche de los ocho
días, para mostrar y revelar el milagro”.
En la literatura
rabínica se encuentran los detalles de cómo se debe
celebrar Januká, pero en general podemos decir que Januká
se celebra con comidas y cantos de alabanza, en las
oraciones diarias hay un texto especial que se agrega y
dice así:
“Por los milagros, y
la salvación, y las proezas... y las guerras que hiciste
por nuestros padres en aquellos días y en este tiempo....
en los días de Matitiáhu hijo de Yojanán el sumo
sacerdote... y se fijaron estos ocho días de la dedicación
(del Templo), para agradecer y alabar Tu gran Nombre”.
La forma de principal
de celebrar esta festividad es por medio del encendido de
velas cada noche de la festividad para conmemorar cada día
del milagro llevado por el Señor al mantener el Candelabro
encendido por ocho días, es importante que el candelabro (janukía,
tiene 9 brazos) sea puesto en un lugar en la casa en el
cual las personas que están en la calle puedan verlo con
claridad, es así que muchas familias acostumbran colocar
la janukía en la entrada de sus casas o en las ventanas
que dan hacia la calle principal. La razón por la que se
debe hacer esto es como dice en el Talmud: “para
mostrar anunciar el milagro”, la forma
principal de enaltecer a Dios y Sus proezas es por medio
del testimonio público, es así que el mandamiento
principal de esta celebración sea el dar testimonio de lo
que Dios hizo por Su pueblo.
La Festividad de Januká y
Yeshua
En la literatura
rabínica se pueden ver el cómo y en qué lugar se debe
colocar el candelabro, y aunque los detalles son muchos,
la única y principal razón es el “pirsum ha’nes”, es
decir, ‘la proclamación del milagro’ en público, esta
razón se recuerda en los cantos, oraciones y actos durante
toda la festividad.
“Vosotros sois la luz
del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede
esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un
almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que
están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras buenas obras, y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt.
5:14-16).
El Sermón del Monte es
unos de los grandes textos que encontramos en los
Evangelios de Mateo y Lucas, según la opinión de grandes
interpretes del Nuevo Testamento, el Sermón del Monte es
más que un simple sermón y se convierte en una ‘drashá’,
que es la forma antigua en que los rabinos enseñaban a sus
discípulos. Es en este sermón donde vemos nuevamente la
enseñanza de los rabinos con respecto a la ‘luz y el
testimonio’.
La idea de que el
testimonio es una luz,
se remonta al significado y simbolismo del candelabro de
siete brazos en el Lugar Santo, y esa misma idea la
podemos ver en las siguientes palabras: “también te di por
luz de las naciones, para que seas mi salvación
hasta lo postrero de la tierra” (Is.
49:6; y 42:6), es decir, que
las naciones verán el cumplimiento de las profecías en
Israel y su testimonio será luz que traerá la salvación a
la naciones que tendrán participación en la salvación de
Israel.
De una forma muy
resumida se puede decir que en el Judaísmo,
la luz ha sido la señal de la presencia de Dios en medio
de la oscuridad, es así, que el Señor refleja la idea de
la presencia de Dios en nuestro cuerpo de la siguiente
manera: “Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no
teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso,
como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor” (Lc.
11:36), es así que si en nosotros no brilla la luz del
testimonio, no podremos ser velas que den testimonio de
nuestro cuerpo como templo purificado y dedicado al Señor.
Si nos damos cuenta
las palabras escritas en los evangelios no se alejan en
nada de la idea rabínica: “Ni se enciende una luz y se
pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y
alumbra a todos los que están en casa”, es decir, para que
la luz sea vista por todos aquellos que están en la casa,
debe estar en un lugar donde todos la puedan ver con
claridad, no muy alto donde sea difícil verla y no alumbra
lo suficiente, o no muy bajo donde solo puede alumbrar un
poco.
Después el Señor sigue
y dice: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos”, he aquí en estas
palabras encontramos también lo dicho por los rabinos con
relación a Januká, en primer lugar, se deben colocar las
velas de Januká en un lugar donde se puedan ver por todos
para así poder anunciar el milagro, en tiempos de paz se
debe hacer público, colocando las velas en la puerta de la
casa o en la ventana, y en tiempos de peligro
(persecución) dentro de la casa para que el milagro sea
público por lo menos entre aquellos que están en la casa.
En segundo lugar, la meta de hacer público el milagro es
glorificar al Eterno, es decir, que las velas de Januká no
las debemos poner a la vista de los demás para que el
público piense que somos unas personas santas y seguimos
sus mandamientos por mérito propio, haciendo público un
testimonio falso y lleno de orgullo, sino que debe ser
como dice el Señor: “y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos”, en las palabras de los rabinos: “para
agradecer y alabar Tu gran Nombre”, y de esta forma
podamos cumplir las palabras de Pablo: “para que seáis
irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en
medio de una generación maligna y perversa, en medio de la
cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Flp.
2:15).
Es así que de esta
forma el Señor nos pide hacer ‘la proclamación del
milagro’ por medio de nuestras obras, y ¿cuál es el
milagro que se ha de proclamar?
Otras de las
enseñanzas de Januká, es que las velas de cada día se
encienden con la ayuda de una vela que se llama ‘shamash’
(ayudante o servidor, o siervo), el shamash es una vela
que solo tiene la función de servir, y su fuego se puede
utilizar para cualquier propósito, mientras que las otras
velas que se usan para conmemorar cada día, está prohibido
utilizar el fuego para cualquier fin, como se dice a la
hora de encender la janukía cada día: “estas velas las
encendemos por los milagros... estas velas son santas y no
tenemos permiso de utilizarlas, sino solo para verlas
solamente...”, es decir, es que las velas están destinadas
a servir como testimonio del milagro y no se pueden
utilizar con otro propósito como leer o trabajar con la
ayuda de la luz de ellas, mientras que con la vela que es
el shamash podemos leer y utilizarla para otros fines. Es
interesante que esta vela que se llama asmas, a pesar de
que es un simple instrumento, tiene un lugar importante en
la janukía, recibiendo el lugar más alto entre todas las
velas.
Mientras que las velas
de cada día representan y dan testimonio del milagro, la
vela del shamash nos recuerda al siervo justo, al Señor
Yeshua, que como un shamash (siervo) hicimos de él cordero
por nuestros pecados, y a pesar de que por nuestra culpa
él sufrió nuestros dolores, es este mismo shamash fue
ascendido al lugar más alto en gloria, y es este shamash
el que enciende nuestra vela para dar testimonio de aquel
milagro y obra hecha por medio del Shamash de Dios en el
Calvario, y así por nuestras obras poder proclamar lo que
el Eterno hizo por nuestros padres en aquellos días y es
vigente para hoy también.
Es así que el Señor
nos pide que demos testimonio de Su obra la cual nos
permite purificar Su templo, que es nuestro cuerpo y por
medio del mismo ser una vela que anuncia
y da testimonio de forma pública para que todos puedan
engrandecer el Santo Nombre del Eterno.
Por último los dejo
con unas estrofas de la canción tradicional de Januká que
se llama ‘Maoz Tzur’ (Poderosa Roca).
"Oh Poderosa Roca de mi
salvación,
alabarte es un
deleite.
Restaura mi casa de
oración,
y allí traeremos
nuestro sacrificio de gracias.
Cuando tú prepares el
sacrificio
por la blasfemia del
enemigo,
Entonces yo completaré
con un himno,
La dedicación del
Altar...".
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