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El Autor


José Grau, por dé-cadas, profesor y Presidente del Centro Evangélico de Estudios Bíblicos de Barcelona, escritor y director, de la antigua EEE. Sus obras fueron quemadas por la Igl. de Roma en los 60s.

El Profesor José Grau.

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El Dios del Antiguo Testamento
   
Por José Grau.Gráfica por Yitzik.



El Dios del Antiguo Testamento.



Estudio aparecido en la revista “ALETHEIA” nº 20 (2/2001)
La publicación de este artículo ha sido autorizada por el Sr. José Grau a Maripaz, puede ser copiado citando su origen: de Aletheia y Maripaz.com.es

Hablar sobre el Antiguo Testamento es hablar de Dios. No sólo porque la Divinidad sea tema preferente de los libros que constituyen el Antiguo Testamento sino porque todos, absolutamente todos, estos escritos no tienen otra finalidad que presentar a Dios en su obrar y en su hablar. En todo momento, desde el principio al fin, el nombre de Dios es el sujeto indiscutible de cualquier acontecimiento: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1), afirmación que desmitifica las formas paganas de religión, como la astrología (la adoración de los astros), la zoolatría (la veneración de animales) y toda otra forma de idolatría.

No hemos entendido nada del Antiguo Testamento si no comprendemos sus motivaciones teológicas. Lo central de sus páginas es precisamente la revelación que Dios hace de sí mismo. La palabra y la obra de Dios determinan todos los acontecimientos desde la creación hasta la liberación y la elección de Israel como pueblo escogido para ser finalmente de bendición a todos los demás pueblos (Gn.12).

En el Antiguo Testamento no se ensalzan ni la fuerza ni la sabiduría de los hombres, ni siquiera el caudillaje de Moisés. La alabanza va dirigida siempre al Señor de la historia, a Yahvéh, en exclusiva. «Cantad a Yahvéh, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete» (Ex. 15:20). Los salmos agrupan la alabanza de Israel a su único Salvador, Yahvéh.

Yahvéh utiliza a sus siervos, como Moisés a quien habla «cara a cara», para llevar adelante su obra liberadora. Básicamente el Antiguo Testamento es historia de salvación, en la cual brilla la gracia divina que siempre toma la iniciativa.

Yahvéh sacó a Israel de Egipto, lo condujo por el desierto (Ex.16ss, Nú.13ss) hasta la tierra de Canaán (Nú.13), tal como había sido prometido a los patriarcas (Gn. 12-50). Solamente Dios, y nadie más que Yahvéh, ha liberado a Israel y le ha manifestado su voluntad en el Sinaí. En última instancia, no son hombres los que han dado las leyes y han elaborado el culto, el único culto, agradable a Dios (Ex.19; Nú. 10), sino el Señor que habla y salva, haciéndose un pueblo para sí.

Si comparamos la historia de Israel, iniciada por Yahvéh, con las tradiciones históricas y religiosas de otros pueblos descubrimos el gran contraste. Porque donde los demás lo atribuyen todo, o casi todo, al genio de sus hombres o a sus mitos, en el Antiguo Testamento Yahvéh es el único Creador, Salvador, y Juez. y cuando se enaltece a alguien, como David por ejemplo, se puntualiza bien que todo se debe a Dios en último término: «y David iba adelantando y engrandeciéndose, y Yahvéh Dios de los ejércitos estaba con él» (2 S. 5: 10). Los profetas son testigos del mensaje divino y no se atreven a dar nada que no sea la mismísima Palabra de Dios en sentido estricto. De ahí que las revelaciones recibidas del Señor comiencen siempre en términos como «Me dijo Yahvéh» (ls.8:1), «Palabra de Yahvéh que le vino (a Jeremías) en los días de Josías» Ver. 1: 1 ), «Vino palabra de Yabveb al sacerdote Ezequiel» (Ez. 1: 3), «Palabra de Yahvéh que vino a Oseas» (Os. 1:1), etc.

El Antiguo Testamento es teocéntrico: el reconocimiento de Dios y su manifestación a los hombres representa su significado esencial. Dios es único y como tal desmitifica, desdiviniza, radicalmente la naturaleza y preserva a los seres humanos de la divinización del hombre o del mundo. El hombre es así liberado de todas sus posibles alienaciones. Los poderes religiosos, económicos, sociales y políticos quedan reducidos a su valor real: obra del trabajo de los hombres o producto de la naturaleza sin más. Los dioses de los imperios (Asiria, Babilonia, Egipto, etc.) son objeto de burla y tildados de «nada» (ls. 41 :24,29; 44: 9-20). El relato de la creación que ya hemos señalado fue una lección revolucionaria a lo largo de la antigüedad y aún para el mismo Israel, tan proclive a caer en la idolatría (Os. 8:6; Is. 31 :3; Ez. 6:4-6: 20:7). La mayoría de los pueblos que rodeaban a Israel veneraban a los astros como divinidades celestiales que determinaban el destino de los humanos. El mensaje del Antiguo Testamento, en cambio, enseñaba a considerarlos como cuerpos luminosos regalados por el Creador para ayudar a determinar el curso de los días, los meses y los años, como elementos del calendario y nada más (Gn. 1: 14-18).

Dios se revela en el Antiguo Testamento como inefable e indefinible. No puede comparársele a nada ni a nadie (Ex. 20:4). De ahí la prohibición de imágenes físicas o conceptuales y el hecho de que no podamos ir más allí de su propia autodefinición : «Yo soy el que soy (Yahvéh)»> (Ex. 3: 14 ss.)

DIOS ES COMPARABLE SOLAMENTE A SÍ MISMO.

Dios, Yahvéh, no sólo se presenta como el Creador todopoderoso y Señor de la historia, sino como Salvador misericordioso. Es de señalar el hecho de que Dios no solamente salva a su pueblo sino que desea tener una relación intima de alianza (o pacto) con él. La gracia divina se manifiesta constantemente en la vida del pueblo elegido a1 cua1 son dadas preciosas promesas que a1ientan su esperanza. Es así como una serie de conceptos, y realidades correspondientes, son de suma importancia para la comprensión del trato de Dios con los seres humanos, especialmente sus redimidos, y el carácter de Yahvéh como Dios liberador, soberano y amoroso. Destaquemos: además de Dios Creador, Dios que elige, libera, promete y establece una relación pactada. Así, elección, liberación, promesa y pacto son elementos fundamentales en la historia de la salvación que nos comunica el Antiguo Testamento.

¿CÓMO ES EL DIOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO? ¿CUÁLES SON SUS ATRIBUTOS?

La respuesta a estas preguntas es contundente: el Dios que se revela en el Antiguo Testamento es el mismo que lo hace en el Nuevo. Su carácter, sus atributos y su realidad son exactamente los mismos que descubrimos en la nueva Alianza del Evangelio.

Lucas estaba firmemente convencido de que Jesús de Nazaret, el Mesías crucificado, sólo podía ser entendido como Señor y reconocido como a tal con la ayuda del canon veterotestamentario; a los discípulos del camino de Emaús les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de el decían» (Lc. 24:25-32).

El Antiguo Testamento es indispensable para el conocimiento de Cristo y para la vida cristiana (2 1l.3: 15 ss.), para que el hombre de Dios alcance la perfección, enteramente preparado para toda buena obra.

El mensaje del Antiguo Testamento sobre Dios pone el fundamento de la revelación evangélica que encontramos en el Nuevo. En ambos Testamentos nos habla el mismo Dios.

¿En qué estima tenemos hoy los cristianos el Antiguo Testamento?

¿PODEMOS DEFENDER UN «CRISTIANISMO DEL NUEVO TESTAMENTO»?

¿Existe alguna relación entre nuestras opiniones sobre las diferentes edades del hombre y el aprecio que hagamos del Antiguo Testamento?

Vivimos en una cultura orientada casi exclusivamente a enaltecer, halagar y glorificar a la juventud. Lo nuevo es, por definición, mejor y superior. Lo viejo se asocia con lo inútil, desfasado y molesto. De ahí que incluso el conocimiento de la historia sea tenido por algunos como superfluo.

Dentro de esta perspectiva, consciente o inconscientemente, muchas iglesias en la actualidad abandonan todo interés por el Antiguo Testamento. Se le tiene por poco más que un conjunto de historias extrañas vinculadas a otros tiempos y sin ninguna utilidad para nosotros hoy. Algo así como las «batallitas», para usar un len¬guaje coloquial, de nuestros abuelos sin relación con el mundo moderno. Se escucha la lectura del Antiguo Testamento como se escucha a los ancianos: por educación o por compasión, pero no se les hace el menor caso.

Muchos a quienes molestaría que se les arrebatase el nombre de «evangélico» no tienen el menor aprecio por el Antiguo Testamento, porque imaginan que no tiene nada valioso que decir.

Las dificultades con el Antiguo Testamento vienen de lejos, Desde el principio, y a medida que la Iglesia bebía más y más en las fuentes de la filosofía griega, comenzaron a surgir problemas tanto en la comprensión como en la aplicación de los textos veterotestamentarios. O bien fueron «espiritual izados» (no por el Espíritu Santo sino por la fantasía y el capricho) o simplemente fueron ignorados. Lo primero lo practicaron con la alegoría como método de interpretación y lo segundo mediante el olvido.

De manera que arrastramos una tradición viejísima de mala, o nula, utilización del Antiguo Testamento.

Sin una exacta comprensión del papel y el significado del Antiguo Testamento, la Iglesia es proclive a caer en toda clase de errores. Tenemos la historia para demostrarlo.

Oímos hablar, a veces, de «Cristianismo del Nuevo Testamento», y, en esta misma línea, nos enteramos de la inauguración de talo cual «Iglesia del Nuevo Testamento». Hemos recibido cartas de algunas congregaciones con membretes que quieren subrayar el hecho de que se trata de creyentes que basan toda su fe en el Nuevo Testamento. Ciertamente, todos los cristianos hemos de tener en alta estima y reverenciar el Nuevo Testamento, basando todas nuestras creencias en la revelación que nos transmite. Pero, ¿Significa esto que sólo el Nuevo Testamento es el fundamento de nuestra fe? ¿Excluye, o deja de lado, este énfasis la revelación del Antiguo Testamento?

¿Somos cristianos bíblicos, apoyados en la totalidad de la Biblia, o solamente cristianos neotestamentarios? Quien quiera apoyarse únicamente en el Nuevo Testamento andará cojo, y ni siquiera podrá comprender con profundidad el Nuevo Testamento. Y lo más grave, dejará de ser verdaderamente bíblico. Porque lo bíblico es el reconocimiento, y el acatamiento, de los dos Testamentos como Palabra revelada e inspirada por Dios. «Sólo la Biblia» fue uno de los estandartes de la Reforma, no «sólo el Nuevo Testamento».

Ningún cristiano de los que vivieron en la época en que fue escrito el Nuevo Testamento se hubiera referido a si mismo como «cristiano del Nuevo Testamento», ni hubiera designado su congregación como una «Iglesia del Nuevo Testamento».

Los cristianos que vivieron en el primer siglo, en la era apostólica, tanto los que convivieron con Jesús mismo como los que fueron contemporáneos de los apóstoles, basaban su fe y su esperanza en las promesas de las Sagradas Escrituras hebreas (es decir: el A.T) que, entonces, en el siglo que les había tocado vivir empezaban a cumplirse. ¿Había llegado el Mesías prometido tantas veces en los textos veterotestamentarios? Por fin ¡Dios con nosotros!

La vida y la obra de Cristo eran la culminación de todo lo que les había sido dicho a los santos de la antigua alianza. De ahí que las Escrituras que completaron y cerraron la revelación de Dios a los hombres, se apoyen constantemente en lo dicho por el mismo Dios al principio. Ejemplos: Mt. 2:23; Le. 2:25-32; 24: 13-35; Hch. 7:2¬53; 13: 16-43; 24:14; Ro. 1:1-3; 1 Co. 15:1-4; Gá. 4:21-31; Ef. 2:20, etc.

El Antiguo Testamento fue durante la primera andadura de la Iglesia primitiva la única Biblia disponible. No tenían ninguna otra revelación objetiva fijada por escrito. Atesoraban en la memoria las palabras de Cristo ( Hch. 20:35) y, progresivamente se fue formando el Canon de las Escrituras del Nuevo Testamento pero mientras tanto se utilizaba la Biblia hebrea sin dificultad. Los escritos inspirados de la época apostólica que llegarían a constituir el canon del Nuevo Testamento fueron considerados como el remate y la coronación de la revelación de las Escrituras hebreas. De ahí la unidad indisoluble de ambos Testamentos. No podemos vindicar un cristianismo del Nuevo Testamento sin el Antiguo; es una contradicción. Cada uno es ininteligible sin el otro, mientras que el uno y el otro se complementan perfectamente en un todo único.

Nadie entenderá nunca el Nuevo Testamento sin la ayuda del Antiguo. Y también podemos afirmar que nadie comprenderá éste sin la ayuda de aquel. En el siglo IV decía Agustín que el Nuevo Testamento se encontraba implícito en el Antiguo y éste se hallaba explícito en el Nuevo.

Las Escrituras inspiradas que Timoteo conoció desde su niñez eran las Escrituras hebreas, el Antiguo Testamento. Y estas Escrituras, afirma el apóstol Pablo, podían hacerle sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús, no meramente para hacer de él un buen judío: «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Ti.3:1 5-17).

Cuando leía de niño las Escrituras Timoteo sólo podía leer el Antiguo Testamento, pues el Nuevo no se había formado todavía como tal.

De manera que 2 Ti. 3:15-17 no solamente proclama la inspiración del Antiguo Testamento (y de toda Escritura, el N.T. por extensión) sino que afirma rotundamente la autoridad fundamental de las Escrituras hebreas en la era del Nuevo Testamento. Con ello está afirmando, implícitamente, que el Dios revelado en Jesucristo es el mismo Dios del Antiguo Testamento.

¿SE MUEVE TODAVIA MARClÓN ENTRE NOSOTROS?

El Nuevo Testamento pone en guardia con respecto a errores que, inevitablemente, surgirán de las mismas filas del cristianismo. Los últimos textos neotestamentarios Judas y 2 Pedro, por ejemplo, trazan un cuadro preocupante para la Iglesia primitiva, amenazada por toda clase de herejías.

Tanto la enseñanza escatológica de Jesús (Mt. 24 y 25) como Apocalipsis presentan una visión de la historia de la Iglesia en lucha constante contra el error y la impiedad hasta que el Señor vuelva en su segunda venida. No es de extrañar que los ataques en contra de la unidad de la Revelación divina aparecieran temprano. Primero había sido el empeño en dividir la unidad de la persona humano-divina en Jesucristo que predicaban los «falsos profetas» denunciados por el apóstol Juan (1 Jn.4: 1-3). Auspiciada por la mentalidad gnóstica de la época se negaba que Cristo hubiera venido verdaderamente «en carne», haciéndose realmente hombre. El primer ataque fue contra el Hijo de Dios. Y el segundo en importancia el sufrido por la Palabra de Dios, al pretender separar el Antiguo Testamento del Nuevo, negándole a aquel toda autoridad.

Marción, a mediados del siglo II, tiene la triste fama de haber sido el gran enemigo de la unidad de la Biblia. Enseñaba que el Antiguo Testamento era un libro judío que para nada servia a los cristianos. Según su parecer, este libro judío presentaba un dios completamente diferente del Dios que revela el Nuevo Testamento.

No entraré aquí en la discusión de la manera que la posición de Marción afectó al reconocimiento del canon. He tratado esta cuestión en un capítulo del libro ¿Cómo llegó la Biblia hasta nosotros? Varios, Unión Bíblica; Cap. Revelación, Inspiración y Canon de las Escrituras, pp.129-172, especialmente pp. 159-166.

Pero no tuvo suficiente con arrancar el Antiguo Testamento sino que, al mismo tiempo, se hizo un Nuevo Testamento a su gusto, más reducido, después de haberle expurgado de los pasajes y libros que consideraba demasiado judíos.

También en su caso, la corriente neognóstica ejerció su influencia. Marción despreciaba la materia y, por consiguiente, la creación que atribuía a un dios malo, mientras que el Dios del Nuevo Testamento era un Dios bueno, sin relación ninguna con la materia. Aunque existen dudas sobre algunas de sus creencias, se le ha situado a veces cerca del Maniqueísmo, sistema de pensamiento que enseñaba la existencia de dos dioses: uno malo y otro bueno, los dos igualmente omnipotentes pero totalmente diferentes.

Para Marción, la gracia era incompatible con el Antiguo Testamento y la Ley irreconciliable con el Evangelio. Separó a Jesús de Yahveh. A su juicio, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no tenía nada que ver con la voz que escuchó Moisés en medio de la zarza que no se consumía ni con los 10 mandamientos del Sinaí. No solamente invalidaba una gran sección de la Biblia, sino que destruía la armónica conexión bíblica entre el amor y la justicia.

Marción fue expulsado de la Iglesia. Sus ideas fueron tenidas por heréticas, aunque de vez en cuando resurgen algunos aspectos de las mismas cuando reducimos al Señor a un Dios de amor únicamente sin ninguna relación con la justicia, cuando menospreciamos sin damos cuenta el Antiguo Testamento como de escaso o ningún interés para nosotros, todas las declaraciones teóricas que podamos hacer de nuestra aceptación del Antiguo Testamento, no ocultan el hecho de que, desgraciadamente, quedan todavía bastantes «marcionitas» entre nosotros. Todo aquel que hace gala de tener una fe exclusivamente neotestamentaria es un «marcionita» en potencia, aunque diga aceptar teóricamente la inspiración de toda la Biblia.

EL ANTIGUO TESTAMENTO ES PROFUNDAMENTE CRISTOLÓGICO

La Iglesia patrística defendió la autoridad del Antiguo Testamento al que consideraba un legado de Cristo y, así, una obra cristiana frente a los judíos que opinaban que se trataba del sostén de sus tradiciones religiosas y no de los fundamentos de la fe cristiana, como predicó Jesús primero y luego los apóstoles ( Hch.18: 13; 21 :28).

La Iglesia primitiva respetó el Antiguo Testamento y consideró siempre el Nuevo como una continuidad de aquel. Su interpretación solía ser cristológica, siguiendo la pauta de Jesús mismo: «Entonces el les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de el decían». (Lc. 24: 25 y 27; Jn. 5:39; Hch. 2:22-36; 1 Co. 15: 1-4). La Iglesia hizo suyas las promesas dadas a Israel al verse a sí misma como el verdadero Israel de Dios, compuesto de judíos y gentiles a la vez.
Lo habían aprendido del mensaje del Nuevo Testamento (Ro. 2:28,29; 9:25; Gá. 3:7,29; Gá. 3: 15, 16). Jesucristo defendió la integridad del Antiguo Testamento (Mt. 5: 17-19). El apóstol Juan define el pecado como la infracción de la Ley (1 Jn. 3:4) y los apóstoles no conocían otra ley que la del Antiguo Testamento, repetida por cierto implícita o explícitamente en los Evangelios y las cartas apostólicas. El pecado, para los cristianos, queda explicado como una infracción de lo que Dios reveló en los documentos de la antigua Alianza. Porque se trata del mismo Dios, tanto para los hebreos de antaño como para los discípulos de Jesús después. Pablo afirma la autoridad de las Escrituras veterotestamentarias para orientar sus instrucciones sobre el sostenimiento de los ministros de la Iglesia (1 TI. 5:18 ; Dt. 25:4). Jesús había hecho lo mismo (Mt. 10:10; Lc. 10:7). Santiago, siguiendo en esta línea, recuerda a sus lectores que el Señor espera de ellos el respeto a todos, absolutamente todos, los mandamientos de la ley de Dios, sin fisuras (Stg. 2:9-11). De no hacerla así quedarán convictos por la ley como transgresores.

La lectura del Nuevo Testamento nos convence de que el Antiguo Testamento es profundamente cristológico; es decir: que su significado hay que encontrarlo en función de la revelación del Mesías prometido y prefigurado en todas las instituciones de Israel. El lector cristiano lee los documentos del antiguo Pacto como palabra de Jesucristo mismo. El apóstol Pedro escribe inequívocamente: «Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando que persona y que tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en el/os, e! cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras el/os» (1 P. 1: 10,11). Con estas palabras, Pedro quiere decimos que el Antiguo Testamento no es solamente una revelación profética del ministerio del Mesías sino que es, igualmente, una revelación de la voluntad de Cristo. ¡El Espíritu de Cristo estaba en los autores del Antiguo Testamento! Cristo mismo, afirma Pedro, es el autor del Antiguo Testamento. No puede darse rotundidad mayor en la confesión del verdadero carácter de los escritos bíblicos como un todo indivisible, inspirado por un mismo Señor (1 P. 1: 12).

Tratar de zafarse de la autoridad moral de las secciones éticas de la ley, es una afrenta que hacemos a Cristo. Hay muchas maneras de hacerla, pero todas ellas deshonran al autor de la Biblia.

Evidentemente, el Antiguo Testamento es un conjunto de libros judíos. Y también lo es, en gran parte, el Nuevo Testamento. Pero en ambos casos se trata de una revelación cristiana, inspirada por el Espíritu de Cristo, es decir: por el mismo Dios Trino.

Cuando el Antiguo Testamento revela las maravillas del Creador (Gn. 1 y 2; Sal. 104), o los grandes principios que deberían regir la vida personal y social (Ex. 20¬23), o las profecías del Mesías que tenía que venir (Sal. 22:1-2; 110; Is. 53; 61:1-3; 65:8-9), siempre habla con autoridad porque transmite la Palabra de Dios, a través del lenguaje humano(2 P. 1 :21). Y lo mismo ocurre con respecto al Nuevo Testamento.

La revelación bíblica es histórica y eterna al mismo tiempo. Nos ha sido dada a través de la historia y de diversas culturas pero es siempre la Palabra eterna del Dios eterno.


LA AUTORIDAD DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Toda la Biblia confirma la autoridad del Antiguo Testamento. Los profetas confirmaban una y otra vez el valor de la revelación mosaica frente a la apostasía de Israel (ls. 24: 1; Jer. 11: 1-17; Ez. 16:43). Y Jesús mismo afirmó: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar. sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido»(Mt. 5: 17-18). El apóstol Pablo describe el Antiguo Testamento como «santo, justo y bueno». (Ro. 7: 12). Y lo mismo cabría decir de los otros autores del Nuevo Testamento con abundancia de citas.

La incuestionable autoridad del Antiguo Testamento se pone de manifiesto también al comprobar cómo y cuánto lo citan los autores del Nuevo. Roger Nicole comenta que este hecho no se tiene en cuenta suficientemente: «La manera cómo los escritores del Nuevo Testamento citan los textos veterotestamentarios expresa su profunda convicción sobre la eterna contemporaneidad de toda la Escritura. Esto se pone de manifiesto de manera concreta en los muchos casos en que se afirma que lo escrito fue dicho por Dios» (Mt. 22:31; cf. Mt. 15:7; Mc. 7:6; 12: 19; Hch. 4: 11 ;13:47; He. 12:5 ). Roger Nicole, «The New Testament Use of the Old Testament» ed. Carl FH.Henry, Revelation and the Bible, G.Rapids, 1982, pp. 26-27.

«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor. esto es celestial. por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos» (He. 11: 13-16 ).

Estos, y tantos más pasajes de la Escritura, enfatizan la unidad de los propósitos divinos realizados en Cristo y, consecuentemente, la unidad de la revelación bíblica. Cuando leemos la carta a los Hebreos nos damos cuenta que los santos de la antigua alianza son propuestos como ejemplo para nosotros los que vivimos como pueblo de Dios del nuevo pacto. Y a todos, tanto a ellos como a nosotros, se nos advierte del peligro de caer en la mentalidad carnal: formalismo, legalismo, auto-justificación supuestamente meritoria, a la manera de Israel en el desierto, abocados a la incredulidad y la apostasía (He. caps. 3 y 4). De esta indisoluble unión entre el antiguo pueblo de Dios y el pueblo cristiano dan testimonio las palabras finales del capitulo 11 de Hebreos: «Y todos éstos (los santos de la antigua alianza), aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros» (He. 11 :39-40).

La fe revelada en la Biblia, en ambos testamentos, presenta como alternativa a la falsa religiosidad, la fe de la nueva alianza. Cuando resistimos la tentación de considerar el Antiguo Testamento como algo ético, teológico y espiritualmente inferior, estamos en condiciones de apreciar la unidad fundamental de la Biblia y, lo que es más importante, la autoridad misma del Antiguo Testamento al hacerla así escuchamos la voz del único Dios verdadero que nos habla en ambos Testamentos.

EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LA GRACIA DE DIOS

La realidad central tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento es la gracia de Dios derramada en favor de una raza caída.

El llamamiento de Abraham revela constantemente la gracia divina. El patriarca será la fuente, en la providencia de Dios, de la Palabra de Dios encarnada (Jesu¬isto) y la Palabra de Dios escrita (la Biblia). En él serán benditas todas las gentes (Gn. 12:3; 17:7,8,19). El pacto con Abraham es divinamente ideado, administrado, confirmado y ejecutado. La fe que exige el pacto supone la obediencia fiel al Señor (Gn. 17: 10). No hay contradicción entre la gracia y las obligaciones que ella comporta, puesto que la fe -como dirá más tarde Pablo- obra por el amor, el amor a Dios y al prójimo (Dt. 6:4-6; Gá. 5:6 ).

Y cuando los descendientes de Abraham forman un pueblo, el Señor los llama para ser un pueblo santo, separado para Dios (Ex. 2:25; Dt. 4:37; 7:6,8; 9:4-6; Lev.19:2; Os. 13:5; Am. 3:2). En el Sinaí se establece el pacto de Dios con Israel, una vez redimido (Ex. 6:6-8; 15:13; 20:2; Dt. 7:8; 9:26; 13:5; 21:8). Entonces, Israel fue admitido a una relación filial con su Salvador y Señor, Yahvéh (Ex. 4:22; Dt. 8:5; 14:1; 32:6; 1 Cr. 29.10; Is. 63:16; 64:8; Jer. 3:19; 31:9; Os. 11:1; Mal. 1:6; 2:10). El código ético sintetizado en los 10 mandamientos no es un camino de salvación por obras -como torcidamente lo interpretaron los fariseos contemporáneos de Jesús, contra los que tuvo que enfrentarse Pablo-, sino la voluntad de Dios para su pueblo redimido, dándole instrucciones para su diario vivir en el temor reverente de Yahvéh.

El pacto con Israel, llamado también Mosaico (por Moisés), es una ampliación del concertado con Abraham (Ex. 2:24; 3:16; 6:4-8; Sal. 105:8,12,42-45; 106:45). Como en todos los demás pactos que aparecen en la Biblia, la gracia soberana de Dios se manifiesta en primer lugar decisivamente, así como el llamamiento a esta¬blecer una relación espiritual intima entre el hombre y su Salvador (Ex. 6:7; Dt. 29:13; Ex. 19:5-8; 24:3,4; Dt. 4:13-14; 6:4-6).

Como en todos los demás pactos, aquí también la condición para gozar de las bendiciones divinas es la respuesta de la fe obediente (Ex. 24:7; Dt. 6:4-15; Lev.19:2). El creyente de la antigua alianza era llamado a perseverar en su fidelidad y consagración a Dios, exactamente como en la nueva alianza (Ro. 11 :22; Col. 1 :23¡ He. 3:6,14; 1 P. 1 :5). El mismo pacto mosaico ofrecía provisión para la limpieza y el perdón mediante la liturgia levítica que, de manera velada y simbólica, anunciaba la gran salvación de Dios en el Calvario mediante el derramamiento de la sangre de Jesucristo, pues, como enseñaba repetidamente el A.T., sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados.

Una de las mayores perversiones que ha sufrido el mensaje bíblico es la de convertir la Ley en un supuesto camino de salvación, como hicieron los fariseos. La única parte de la Torá que abre el camino del perdón es la que corresponde a los sacrificios levíticos. De ahí el craso error de pensar que el Antiguo Testamento predica la salvación por méritos del hombre y el Nuevo la salvación por gracia. Completamente equivocado. Esta falsa comprensión, que opone el cumplimiento de la Ley en el A.T. a la gracia y ]a justificación por la fe en el N.T. ha contribuido en gran manera a desprestigiar el Antiguo Testamento.

Hay Evangelio -gracia, «buena nueva», justificación por la fe- en el Antiguo Testamento y hay Ley -reglas de conducta, principios y ética- en el Nuevo.

Porque no hay dos dioses -uno del A.T. y otro del N.T. como creía Marción- sino un solo y único Dios que se revela igualmente en ambos.

De ahí que la liturgia levítica celebrada en el Tabernáculo primero y después en el Templo, tipificara mediante símbolos las grandes realidades de la salvación que el Mesías prometido tenia que llevar a cabo en el futuro. La sangre de los sacrificios tipifica la sangre de Jesucristo, como bien enseña la carta a los Hebreos. Los creyentes hebreos sabían que sus pecados contra la ley moral, que no podían cumplir nunca perfectamente, les eran perdonados en virtud de los sacrificios ordenados por las secciones litúrgicas de la Ley (Éxodo, Levítico y Números), si acudían a la presencia del Señor contritos e implorando perdón. Aquellos piadosos creyentes se salvaban por el Cristo que tenía que venir, así como nosotros somos hoy salvos por el Mesías que ya vino (He. 11 :24-26).

Los actos solemnes del ritual del culto y las grandes fiestas representaban el alma de la religión de Israel. Ofrecían no solamente una gran profecía de la redención del Calvario -no sólo eran su expresión tipológica provisional- sino que al mismo tiempo era su presentación salvífica a los hebreos de la antigua alianza por la experiencia espiritual que ofrecían a la fe.

El Nuevo Testamento afirma claramente que estos rituales levíticos eran tipo de la muerte de Cristo. Tenían un significado relacionado con el Mesías prometido, con el Siervo Sufriente, con el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
El adorador hebreo, tanto si podía intuir la relación que la liturgia practicada tenía con un Salvador sufriente, como si todavía no la vislumbraba (este discernimiento vino gradualmente, y es posible percibir su evolución en los profetas y en los salmos), podía presentar un culto aceptable a Dios, si acudía con fe y no por mero formulismo rutinario o folklórico.

Comprobemos más de cerca la triple experiencia que la liturgia levítica brindaba al creyente hebreo:

1) Le llamaba a sentirse, y reconocerse, pecador y, por lo tanto indigno de la comunión con Dios. Esto le obligaba a acercarse con corazón contrito y humillado.

2) Le proclamaba que la única manera de renovar la comunión con Dios era aceptando las condiciones, y los medios, que Dios mismo ponía a su alcance.

3) Le anunciaba la «buena nueva» de que, al entregarse contrito y humillado en demanda de perdón, sobre la base de la víctima expiatoria ordenada para el sacrificio estipulado por la Ley, se reintegraba a la comunión con Dios, era aceptado, justificado y perdonado.

En la mente de Dios todo apunta al Evangelio, a la persona y a la obra de N.S. Jesucristo. En él culmina el plan divino ideado desde toda la eternidad y que, sin embargo, ya antes de su realización y cumplimiento finales, fue proclamado de diversas maneras y con distintos tonos de luz, para salvación. Al mismo tiempo, Dios preparaba así al mundo para la venida del Mesías. Pero en todo tiempo, Dios es el mismo Dios. Y ofrece al pecador las mismas experiencias para ser salvo: con¬vicción de pecado, arrepentimiento, entrega a Dios y súplica para ser perdonado y redimido, para lograr una renovada comunión con el Señor.

Unidad de propósitos salvadores, unidad de los tratos de Dios con el hombre, unidad fundamental en los mensajes y el cuadro que presentan de Dios y de su salvación, unidad de la Biblia, evidente en ambos Testamentos.

Los instrumentos pudieron variar de una época a otra; el ropaje sufrió retoques, pero el propósito salvador de Dios no cambió jamás. Porque él es siempre el mismo Dios tanto en su carácter como en sus propósitos de salvación.

El profesor F.F. Bruce decía que el mensaje central de la Biblia lo constituye la historia de la salvación encerrada en sus páginas, desde Génesis hasta Apocalipsis. Bruce destacaba tres aspectos básicos de esta historia de salvación, tres aspectos que encontramos en ambos Testamentos y que desarrollan, y hacen explícita, la misma:

1) el dador de la salvación (Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).
2) el camino de la salvación se funda en la gracia de Dios que llama a los hombres al arrepentimiento y espera una respuesta de fe y amor.
3) los herederos de la salvación: todos los que hemos dado la clase de respuesta que espera la gracia de Dios que ha fijado nuestros ojos en la cruz. Cf. F.F. Bruce, Arts. «Bible» y «The Israel of God» en The New Bible Dictionary. Existe traducción española de Ediciones Certeza.

LOS SALMOS Y LA ESPIRITUALIDAD DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Un hecho que deberían meditar seriamente cuantos hacen división entre los dos Testamentos es que el libro de 1os Salmos no sólo sirvió de devocional, de himnario, a Israel sino, también, a la misma Iglesia. En los salmos la espiritualidad del antiguo Israel halla su más alta expresión. En los salmos se expresa no sólo el creyente individual sino todo el pueblo de Dios.

Es el libro del Antiguo Testamento que conocemos mejor los cristianos.

Es como un espejo del alma y del cielo al mismo tiempo; porque encontramos a Dios y nos descubrimos a nosotros mismos con todas nuestras complejidades de seres humanos y de cristianos. Con este libro el judío piadoso se sentía a gusto y sabía que por medio de él conectaba con el trono de Dios. Idéntica experiencia tenemos nosotros, ¿cómo sería esto posible si el Antiguo Testamento testificara de un Dios y el Nuevo Testamento de otro, o si el Antiguo Testamento hubiera perdido toda autoridad para el cristiano?

Los Salmos enfatizan la disposición interior del alma, tanto como pueda hacerla el Nuevo Testamento, como algo básico para acercarse a Dios (Sal. 40:6; 1 :9). Al participar de los rituales levíticos, el creyente hebreo tenía que hacerla con devoción y no meramente por tradición (4:5; 10:3; 51: 19; 66: 13-15). De ahí también la demanda de «sacrificios espirituales», como hará igualmente el Nuevo Testamento (40:6 y ss.; 50: 14-23; 51: 16; 19: 14; 141 :2; 15: 1 y ss.): «Clamaron a Yaveh en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Envió su Palabra, y los sanó, y los libró de su ruina. Alaben la misericordia de Yahvéh, y sus maravillas para con los hijos de los hombres. Ofrezcan sacrificios de alabanza y publiquen sus obras con júbilo» (Sal. 107: 19-22).

Los salmistas creen en la omnipotencia de Dios, en su providencia, en su misericordia, en su perdón y se regocijan en las grandes obras del Señor del universo y de la historia. Los salmistas descansan en la fidelidad de Dios y sienten cerca la presencia del que es Salvador y Señor de Israel.

Idéntico significado tienen los Salmos para la Iglesia apostólica (Mt. 21: 16 y 42; 26:30; 27:46; Lc. 24:44; Hch. 1:20; 2:25-28,30 y 34¡ 4: 11 y ss; Ef. 5: 19; Col. 3: 16; Stg. 5: 13. Desde entonces, los Salmos han modelado la oración de la Iglesia, bien por su uso mismo, bien como inspiradores constantes de las plegarias del pueblo de Dios.

La unidad de la Revelación, en todas sus partes, queda perfectamente reflejada en la unidad fundamental del pueblo de Dios. Porque no es judío el que lo es en la carne, ni es de valor la circuncisión que no lo sea al mismo tiempo del corazón. Dios puede levantar hijos de Abraham aún de entre las piedras y todos los que son de la fe son verdaderamente «la simiente de Abraham».

El Dios de Abraham, el Dios de los salmistas y de los profetas es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Al ser el mismo Dios es lógico que haga demandas parecidas de fe, amor, y compromiso en ambos Testamentos.


SI SOIS DE CRISTO, LINAJE DE ABRAHAM SOIS

Cuando el N.T. afirma que la Ley y los profetas eran hasta Juan Y que, desde entonces, el reino de Dios es anunciado (Lc. 16: 16), ello significa que la venida de Cristo, y previamente la de su heraldo Juan el Bautista, señalaban la culminación y el cumplimiento de lo prometido por la Torah y los profetas. Así lo entendía Felipe cuando le dijo a Natanael: «Hemos ha/lado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así; como los profetas: a Jesús de Nazaret» Jn. 1 :45).
Comprobamos una misma línea de continuidad indestructible entre lo señalado por la promesa y su cumplimiento en Cristo. Todo forma parte de una revelación única e inconsútil.

Los santos que vivieron antes de Cristo, como Simeón y Ana, Abraham, Noé, Enoc, Moisés, David, Isaías y tantos otros, no seguían a un Dios diferente del Padre de nuestro Señor Jesucristo. Su conocimiento y sus esperanzas tenían que completarse mediante la plenitud aportada por el Hijo de Dios, pero su espiritualidad básica no era una religiosidad inferior. Moisés habló con Dios cara a cara (Dt. 34: 10).

La comunión con Dios que experimentó Enoc fue tan íntima que el Señor quiso trasladarle a su presencia sin pasar por la muerte: «Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Gn. 1: 24). El mismo Dios que arrebató a Elías al cielo (2R. 2: 11). Ya hemos citado el Evangelio de Juan cuando recoge las mismísimas palabras de Jesús dirigidas a los judíos: «Abraham vuestro padre se gozo de que habla de ver mi día; y lo vio, y se gozó» Un. 8:56). De manera que Abraham se gozaba en el mismo Dios en que nos gozamos los cristianos y su justificación por medio de la fe no es diferente de la nuestra. Todavía más, la fe de Abraham se nos propone como ejem¬plo a nosotros los que vivimos en el nuevo pacto (Ro. 4; Gá. 3:6-4:7), de tal modo que, según Pablo, «Si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gá. 3:29). ¿Podría decirse mas claramente que el Antiguo Testamento, y los hombres y mujeres que vivieron bajo su luz, forman una unidad indisoluble con el Nuevo? El Antiguo Testamento fue dado por el mismo Dios que luego inspiró el Nuevo Testamento.

Esta realidad es la que le permite escribir al autor de la carta a los Hebreos « También a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos» (He. 4:2) y prosigue después, en el capítulo 11 con la galería de santos de la antigua alianza que tienen que servir de ejemplo a los creyentes del nuevo pacto.

Como observó Robert L. Dabney, es un error limitar la eficacia de la expiación llevada a cabo por Cristo en la cruz solamente a los creyentes que vivimos después de la encarnación: «Por lo que respecta al estado de los santos del Antiguo Testamento en el otro mundo, rechazamos la fábula de un aplazamiento de la aplicación a estos hombres y mujeres de la redención hasta la muerte de Cristo. La solidez de la obra de Cristo es tan firme y segura que libera al creyente tan pronto como se cumple la condición de la fe. Jesucristo constituye una seguridad inmutable, todopoderosa y fiel, porque cuando tomó sobre sí el dar satisfacción a la Ley (desde la eternidad), a los ojos de Dios Padre para quien mil años son como un día, la expiación debía darse por buena y por hecha» (Robert L. Dabney, Lectures in Systematic Theology, 1878, 1972, p.460).

A los ojos de Dios, la obra de Cristo se proyecta de eternidad a eternidad: «Fuisteis rescatados ... con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros» (1 P. 1: 19-20).

Dabney discernió que la religión del Antiguo Testamento no era tan diferente de la del Nuevo Testamento como, a veces, algunos han supuesto. Es siempre el mismo Dios quien habla y sus exigencias y bendiciones, independientemente de la forma histórica que tomen, no se contradicen al pasar de una Alianza antigua a una nueva Alianza.

El Nuevo Testamento no se presenta nunca como un testamento contrario. No compite con el Antiguo sino que lo completa. No lo suplanta sino que lo suplementa. Hace obvio el Antiguo pero no obsoleto. Cuando Jesús exhortaba «Escudriñad las Escrituras», se refería a la Biblia hebrea. Estas Escrituras hebreas, puntualizaba Jesús, «son las que dan testimonio de mí» Jn.5:39).

El Nuevo Testamento no revela una manera distinta para llegar a Dios. Desde la caída, el acceso a Dios ha sido siempre el mismo: por medio de la sangre de Cristo cuya eficacia se proyecta tanto a favor de los que vivieron antes de la cruz como a los que lo hicieron después de ella.

LA INDISOLUBLE UNIÓN DE LOS SANTOS DE AMBOS TESTAMENTOS

¿No contradice Mt. 11 : 11 cuanto acabamos de decir? «De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él». Estas palabras de Jesús se explican a la luz de otras que encontramos en el capítulo 13: «Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron» (Mt.13: 17).

Encarcelado, el Bautista no estaba en contacto tan estrecho con Jesús como lo estaba el último de los discípulos de éste. «Bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen» (Mt.13: 16). Aquí, ¡riqueza de material era lo que estos discípulos vieron, oyeron y creyeron!, exclama W. Hendriksen en su Comentario de Mateo. Ni Mateo 11, ni Mateo 13, pueden significar que el Bautista no fuera salvo, fuera imperfectamente, ni tampoco que su espiritualidad fuera superficial o desdeñable. El menor en el reino de los cielos era mayor que Juan en aquel momento dado de la manifestación del Mesías, en el sentido que era más altamente privilegiado, porque Juan en la prisión no tenía contacto con Jesús como lo tenían sus discípulos. ¿No era esta misma circunstancia la que también había contribuido a la confusión del heraldo con respecto a si Jesús era o no el Mesías Cuando los mensajeros enviados por Juan plantearon a Jesús la pregunta, éste estaba muy ocupado en su actividad de sanar y restaurar (Lc. 7:20,21). ¿No es verdad -se pregunta Hendriksen- que el ver realmente que todo lo profetizado sucede ante los propios ojos haría que uno recordara más fácilmente textos como los de Is. 35:5; 61: 1 y ss. ,de lo que podría hacerla la atmósfera carcelaria sin oportunidad de ver y mucho menos de conversar con la bendita persona en quien pensaba el encarcelado?

El reino llegaba con el Mesías, los afligidos eran liberados de sus males, los muertos resucitaban y las más hermosas palabras de vida salían de los labios del esperado Mesías. Pero en su soberana providencia, Dios tenía dispuesto que Juan no fuera un participante inmediato, y ni siquiera un testigo directo, de aquella primera eclosión del reino mesiánico tan anhelado por el precursor. El Bautista no vería el Calvario ni viviría para presenciar las maravillas de Pentecostés. Sin embargo, no quedaba olvidado, pues el mensaje que Jesús le envió (Mt. 11 :4-6) fue suficiente para darle nuevos ánimos.

Aunque quedara lejos del escenario de las primeras grandes manifestaciones del reino mesiánico, su énfasis en señalar a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Bautista había sido usado como instrumento del Señor en la preparación del camino que tenía que traer las bendiciones de la era mesiánica. De ahí que Jesús se refiera a él en la forma más favorable: «De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista».

Ciertamente, muchos profetas y justos de la antigüedad desearon ver y oír lo que veía y oía la generación contemporánea de Jesús. Ellos otearon el futuro, anhelaron y escudriñaron «qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo», pero no pudieron ir más allá del anhelo de Isaías: «¡Oh si rompieses los cielos y descendieses!» (ls. 64: 1; d. He. 11:13,39,40; 1 P. 1:10,11).

Ninguno de estos siervos de Dios, mientras aun vivían en la tierra, vio al Cristo encarnado. Ninguno fue testigo de sus milagros, Ninguno oyó sus palabras. Todos ellos murieron en la fe, no habiendo recibido todavía el cumplimiento de las promesas (He. 11: 13,39). Lo «mejor» (Mt. 11 :40), la plenitud de la bendición mesiánica, había sido reservado para los creyentes de un nuevo día (Cf. Hendriksen, op. cit.).

Pero el mismo, y único, Dios de la promesa y del cumplimiento; el mismo Señor de la historia en la antigua Alianza y en la nueva, no quería que los creyentes bajo el Antiguo Testamento fuesen «perfeccionados» ni que recibieran el cumplimiento de « lo prometido» «aparte de nosotros». Unos y otros venimos englobados en las mismas promesas, los mismos propósitos, y las mismas bendiciones eternas. Por el mismo Dios de ellos y nuestro.

¿MOISÉS Y CRISTO CONTRAPUESTOS?

Tampoco la interpretación marcionita, retomada hoy por algunos, de Jn. 1: 17 «La Ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucris¬to») resiste el examen de una exégesis objetiva.

Tomar este texto para contraponer Moisés a Cristo, y establecer una dicotomía irreconciliable entre la Ley y la gracia, equivale a querer leer no lo que dice el pasaje sino lo que desearían los marcionitas.

Por supuesto que existe una diferencia infinita entre Jesucristo y Moisés. En términos de la carta a los Hebreos, Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo para testimonio de lo que se iba a decir, dando la Ley al pueblo de Israel (He. 3:5). Pero Cristo, como Hijo de Dios (no meramente como un siervo delegado, a la manera de Moisés) sobre su casa (la casa de Dios es la casa de Jesucristo, He. 3:3-6), la cual somos nosotros, tiene tanta mayor gloria que Moisés, por cuanto tiene mayor honra que la casa el que la fabricó (He. 3:3), el Hijo de Dios.

La diferencia entre Cristo y Moisés es abismal. Pero ni la carta a los Hebreos ni Jn. 1: 17 nos dan pie para imaginar que la infinita grandeza de Cristo hace nula la obra de Moisés, como si se tratara de algo completamente desligado de Jesucristo.

Lo que enseña el texto de Juan es que Moisés fue un simple siervo que sirvió de instrumento para dar la Ley (la Ley de Dios) y, en cambio, Jesucristo no es un mero portador de la gracia y la verdad, sino que éstas, «la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». Es de la plenitud de Cristo que tomamos «gracia sobre gracia» (Jn. 1: 16). Con él nos vinieron la gracia y la verdad, no porque nos las trajera a modo de recadero como Moisés, sino porque tanto la gracia como la verdad tienen su origen en él (camino, verdad y vida) y de él fluyen sin cesar.

Como en el resto del Nuevo Testamento, los personajes y las instituciones de la antigua Alianza aparecen como heraldos de la promesa y la bendición que vendrán perfectamente con Cristo.

Pero en ningún lugar, y tampoco en Jn.l: 17, se nos presenta ninguna antítesis entre Moisés y Cristo ni tampoco entre Ley y gracia. Cada una de estas realidades cumple su función en los planes redentores de Dios. Y siempre, en todo momento, se ensalza la majestad de Jesucristo y su superioridad sobre ángeles y siervos de Dios, y se le proclama «uno con el Padre», Hijo de Dios desde toda la eternidad.

El Nuevo Testamento no nos revela a un nuevo Dios, diferente del Dios del Antiguo Testamento, como pensaba Marción y como parecen creer algunos actualmente. Las premisas son siempre las mismas: el Dios de los antiguos hebreos era un Dios vengativo mientras que el Dios del Nuevo Testamento es un Dios perdonador.

Sin embargo, la Biblia entera revela a un único Dios que es al mismo tiempo justo y misericordioso (Dt. 6:4; Mc. 12:29; Stg. 2: 19).

El «nuevo mandamiento» (Jn. 13:34) es calificado por los mejores comentaristas como «no estrictamente nuevo» en palabras de Matthew Poole. Pero si no lo dijeran los comentarios, tenemos al apóstol Juan para explicamos que el mandamiento nuevo es, de hecho, también el «mandamiento antiguo» (1 Jn. 2:7 y 8; Lev. 19: 18). El amor, como marca distintiva del creyente, se hallaba presente ya en la Ley mosai¬ca. Ahora será «nuevo» por la perfección a que Jesús lo eleva, y lo comunica por su Espíritu.

¿Cómo agradaban a Dios los santos de la antigua Alianza? ¿Cómo le agradan los de la nueva? Mediante la fe y el amor.

LA IRA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.
¿Qué decir, pues, de la ira de Dios? ¿Es una realidad que pertenece solamente al Antiguo Testamento?

Los que se escandalizan al leer sobre la ira de Dios en el Antiguo Testamento, parecen olvidar la ira de Jesús en el Nuevo (Ap. 14: 19; 19: 13-16) y la enseñanza de los apóstoles (2 Tes. 1: 6-10) en perfecta conformidad con los Evangelios (Mt. 23:13-16, 23-29,33).

Como certeramente señala R.Y.C. Tasker: «La opinión sustentada por Marción en el siglo II y consciente o inconscientemente, adoptada por ciertos sectores que quieren seguir llamándose cristianos, de que el Antiguo Testamento revela solamente un Dios de ira y el Nuevo sólo un Dios de amor, es completamente errónea. Puede ser refutada por cualquiera que tenga de la Biblia un conocimiento algo más que superficial».

Pocas descripciones más hermosas del amor de Dios como la que encontramos en el Salmo 103, especialmente en el v.8. Y es en el mismo libro de los Salmos donde leemos también: «Dios es juez justo, y está airado contra el impío todos los días» (Sal.7: 11).

Por otro lado, es un autor del Nuevo Testamento quien al hablar de Dios como Padre, enfatiza al mismo tiempo su obra de Juez delante del cual todos debemos vivir en santo temor (1 P. 1: 17); Y es también otro escritor del Nuevo Testamento el que, haciéndose eco de las palabras de Deuteronomio 4:24 dice: «Nuestro Dios es fuego consumidor» (He. 12:29) establece la idéntica identidad de] Dios que adoramos los cristianos y el que adoraban los hebreos en la antigua Alianza. Un Dios misericordioso y justo al mismo tiempo.

Al considerar cuidadosamente las evidencias de los Evangelios, resulta claro que la revelación de la ira de Dios en Jesucristo constituye una parte importante de su ministerio profético y sacerdotal (d. Lc. 10: 14; 12:4-5; 13:4-5; Mt. 24). La expulsión de los mercaderes del templo expresa la santa indignación de Jesucristo. Hace suyas las palabras de Jeremías (Jer. 7:8-11) y declara que aquel templo no era más que una cueva de ladrones (Mt. 21: 13). Cuando según el Evangelio de Juan «hizo un azote de cuerdas y echó fuera del templo a todos» (Jn. 2: 15-17), no era llevado solamente por el celo de la casa de Dios, como sus discípulos acertadamente comprendieron, sino que se hallaba cumpliendo las palabras de Malaquías 3: 12 «,Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando el se manifiesto porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores».

Jesús manifestó la ira divina mediante la severidad con la que denunció a aquellos cuya conducta y creencias eran contrarias a lo que sabían era la explícita voluntad de Dios, o que deliberadamente rechazaban la gracia que se les ofrecía en la propia persona y obra del Redentor. Algunas de sus más agrias denuncias fueron dirigidas a los fariseos ( Mt.18:6). La serie de Ayes que llenan Mateo 23 no expresan menos la ira de Dios que puedan hacerlo Habacuc 2:6-19 o Isaías 5:8-25.

Igualmente severas son las palabras de Jesús en Mateo 21:44, en Marcos 3:29 y en Juan 8:42 y ss. Son palabras de Cristo muy duras, pero forman parte integrante de la revelación de Dios dada a conocer a través de Jesucristo tanto como aquellas otras sentencias del Maestro que expresan tan maravillosamente el amor del Dios hecho hombre.

Echar a un lado estas palabras airadas de Jesús y concentrar la atención únicamente en aquellos pasajes de los Evangelios que proclaman la misericordia de Dios significa presentar un mensaje debilitado e incompleto que no podrá nunca hacer lo que Cristo quiso que se hiciera con él y por él: salvar a los hombres de la ira que ha de venir.

La ira divina expresa el desagrado de Dios ante el pecado, la inmoralidad, la impiedad y la injusticia. Es uno de los elementos que se manifiestan en los juicios divinos. De ahí que no podamos entender la ira si no entendemos el juicio. Si no reconocemos al Creador el derecho que tiene a juzgar a sus criaturas tampoco comprenderemos la lógica de su ira.

Ira y juicio son inseparables. El Salmo 94 lo expone magistralmente con su lenguaje impactante: «Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los soberbios. ,Hasta cuan¬do los impíos, hasta cuando, oh Yahvéh, se gozarán los impíos?¿,Hasta cuándo pronunciarán, hablarán cosas duras, y se vanagloriarán todos los que hacen iniquidad? A tu pueblo, oh Yahveh, quebrantan, y a tu heredad afligen, a la viuda y al extranjero matan, y a los huérfanos quitan la vida. Y dijeron: No verá Yah, ni entenderá el Dios de Jacob... No abandonará Yahvéh a Su pueblo, ni desamparará Su heredad. Sino que el juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón».

Ira y juicio aparecen indisolublemente unidos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Con su airada indignación, Dios quiere enseñamos la gravedad del pecado y la seriedad de la justicia.

LA IRA DE DIOS y LAS ÓRDENES DE EXTERMINIO

Admitida y comprendida la ira de Dios, tal como viene expuesta en la Biblia, y admitida la necesidad de su manifestación en el ultimo día, el día del juicio final, queda sin embargo planteada todavía una cuestión que suscita perplejidad, cuando no escándalo, en muchos creyentes: ¿cómo explicar el hecho de que Dios ordenara el exterminio de pueblos enteros al conquistar Israel la tierra prometida?

En la conquista de Jericó, de Hai y de otras ciudades, la ley del anatema se proclama y ejecuta en nombre de Dios (Josué 6 y 8). Fueron entregados al exterminio hombres y mujeres, jóvenes y viejos, incluso los bueyes, las ovejas y los asnos; todos fueron pasados a filo de espada (Jos. 6:21).

¿Cómo comprender estos hechos? Ante todo, debemos recordar aquí que nos encontramos frente a verdades profundas y complejas Por lo tanto, no sirven las respuestas apresuradas y superficiales. Nos encontramos investigando una de aquellas secciones de la Palabra de Dios, de la cual Pablo exclamaba: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¿Cuán insondables son tus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Ro. 11: 33) Tengamos en cuenta, asimismo, el carácter progresivo de la Revelación y su cumplimiento en el Nuevo Pacto. El carácter progresivo de la Historia de la Salvación, aunado al hecho de que los libros de la Sagrada Escritura constituyen una unidad básica dentro de su diversidad, nos obliga a considerar cada sección de la misma dentro de su contexto global. Si queremos comprender una parte de la Biblia, cualquiera que esta sea, debemos relacionar este punto concreto con una visión completa de la Escritura, en todas sus etapas, desde el primer libro del Antiguo Testamento hasta el último del Nuevo. Solo respetando esta unidad profunda de la Biblia, como Revelación de Dios, en su progresión y en el discernimiento de los propósitos divinos, es como podremos dar algunas respuestas a los interrogantes planteados

Una primera lectura de los textos en Números, Josué y algún otro libro, parece indicar que en el caso de las ciudades conquistadas, el anatema pronunciado contra ellas expresaba la obligación de extirpar la idolatría y de afirmar la santidad y la verdad del verdadero y único Dios. Pero, ¿por qué Dios ordenó en aquella ocasión, y no en otras, el total exterminio de pueblos enteros?

Hay tres preguntas fundamentales que hacer a los textos bíblicos:

1) ¿Eran los cananeos unas víctimas cualquiera?
2) ¿Era Israel un pueblo conquistador cualquiera?
3) ¿Fue el exterminio de los cananeos una regla para cualquier otro tiempo histórico?

1. Los cananeos, ¿unas víctimas cualquiera?
Génesis 15:16 demuestra claramente que se trataba de unos pueblos que habían llegado a una situación límite en cuanto a perversidad, corrupción e impiedad.
Al igual que Nínive para quien «no hay medicina». y cuya «herida es incurable». (Nah. 3: 19), los habitantes de Palestina habían llegado al colmo de su maldad, Gn. 15: 16 es un texto importantísimo para nuestro tema: Dios es paciente para con el pecador. No castiga sino cuando la iniquidad ha llegado a su cenit; ni un solo minuto antes alzará su mano. Además, su misericordia es tal que permitirá la esclavitud de su pueblo en Egipto, con todos los sufrimientos que la misma conllevó, con tal de no hacer violencia a su principio de justicia y no infringir castigo antes del tiempo justo, exacto y definitivo, cuando ya no queda ninguna esperanza de salvación, cuando la maldad ha llegado a su colmo.

La sentencia que Dios ejecutó por medio de los hebreos no fue mas que anticipar un castigo que tenía que llegar, inevitablemente, más tarde o temprano. En este caso se anticipó la manifestación de la ira divina en contra del pecado.

2. ¿Fue Israel un pueblo conquistador cualquiera?
Por todos los medios, Dios quiere proteger a Israel para hacerla depositario y transmisor de su Revelación y su salvación a todas las familias de la tierra (Gn. 12:3).

La perversidad, la idolatría y la impiedad de los amorreos, los madianitas, y los demás pueblos que habitaban Palestina, constituía una infección cancerosa que hubiera acabado destruyendo a Israel. A lo largo del Antiguo Testamento leemos como, a pesar de la protección divina, Israel cayó una y otra vez ante el atractivo que las formas de vida pecaminosas de los cananeos ejercieron en ellos. Y ello por haber desobedecido, en varias ocasiones, la orden de exterminio y preferir la convivencia con los idolatras, a la manera de Lot en Sodoma.

Olvidamos demasiado fácilmente que Israel fue llamado expresamente por Dios para recibir, guardar y transmitir el conocimiento redentor del Dios único, en medio de un mundo y unas sociedades atraídas irresistiblemente por la idolatría y toda su secuela de inmoralidad, crueldad, y corrupción, A ellos les fue confiada la Palabra de Dios (Ro. 3: 1-2). Por consiguiente, Jesús afirma que la salvación viene de los judíos Un. 4:22). Esta custodia de la Revelación divina se encontrara en peligro muchas veces, en el devenir histórico de Israel; en ocasiones, por causas internas, otras veces por amenazas externas. Pensemos, como una combinación de ambos elementos, en la situación de Israel bajo el reinado de Acab y Jezabel (1 R, 18 Y ss.) Y como Dios permitió el exterminio de los sacerdotes de Baal-obcecados, obstinados en su idolatría y prestos a eliminar a todos sus oponentes con el beneplácito de la reina-, de la misma manera que antes había pronunciado sentencia contra Sodoma y Gomorra.

La protección que Dios brinda a Israel no se debe a que fuera mejor o peor que los demás pueblos (Dt. 7:6-11) sino al hecho de ser instrumento de bendición universal mediante la Revelación y la salvación que debe entregar al mundo.

La singularidad de Israel le viene de que no hay, ni hubo jamás, ningún otro pueblo como el Israel del Antiguo Testamento, cuya supervivencia fuera tan vital para la historia de la humanidad y muy particularmente para la historia de la salvación que tuvo lugar en su seno. La preservación de Israel era algo fundamental para el bien del futuro del mundo, y esta preservación tenía que ser tanto física como moral, nacional y espiritual.

Existe una relación indisoluble entre la existencia de Israel como pueblo de Dios en la Antigua Alianza y la realidad histórica de la persona y la obra de Jesucristo.

Jesús de Nazaret ha irrumpido en la historia del mundo para iluminar y salvar definitivamente a los hombres y mujeres que creen en él. Ahora bien, los autores del Nuevo Testamento establecen una vinculación inseparable entre el gran hecho salvador del ministerio y la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesucristo y la historia pasada, es decir: la historia del Israel bíblico.

El Nuevo Testamento establece una relación inconsútil entre la obra de Dios en la historia de Israel y la obra de Dios en Cristo.

Lejos de ser un acontecimiento inicial, o aislado, la manifestación de Jesucristo aparece en el Nuevo Testamento como el cumplimiento de la obra que Dios emprendió ya desde la más remota antigüedad y la condujo a su término con incansable paciencia en el seno, y a través, del pueblo de Israel constituido bajo la égida de Moisés. La grandeza y la eficacia decisivas del hecho central del Calvario destacan mucho mas si se contemplan a la luz del cuadro de toda la historia de la salvación desde el principio y hasta su cumplimiento. Separar este acontecimiento que llena las páginas del Nuevo Testamento de las promesas dadas a Israel -¡y aun de los eventos vividos tipológicamente por el antiguo pueblo de Dios!- equivale a un robo: equivale a quitarle al Nuevo Testamento las raíces históricas de su profundo significado revelador y salvador. Esta es la razón por la que el Nuevo Testamento cita continuamente del Antiguo. Y es imposible admitir la verdad de aquel sin reconocer, al mismo tiempo, la de éste. El camino de Emaús conduce a esta verdad inexorablemente (Lc. 24: 13-35).

3. ¿Fue el exterminio de los cananeos una regla para cualquier otro tiempo histórico?

¿No ha habido a lo largo de la historia otros pueblos que han caído en iguales, o parecidos, excesos y corrupciones? Efectivamente, los ha habido, A veces, Dios fulmina a imperios y a culturas antes del juicio final. Pero quedan otras colectividades y otras personas nefandas cuyos crímenes esperan todavía sentencia; la sentencia del último día.

Lo que no ha habido nunca, después de realizada la obra salvadora de Jesucristo y cerrado el canon de la Revelación bíblica, es otro pueblo cuya supervivencia fuera tan necesaria e imprescindible para ]a bendición de toda la humanidad como la existencia del Israel de la Antigua Alianza.

No es lícito, por lo tanto, apoyarse en estos textos veterotestamentarios para tratar de justificar acciones similares de las que, desgraciadamente, está llena la crónica de las naciones. Tanto las cruzadas medievales como la Inquisición apelaban a estos textos como incitadores de las mal llamadas «Guerras santas».

Atinadamente, el filosofo judío Martín Buber escribió: «Lo que la Torah enseña es esto: nadie sino Dios puede ordenamos la destrucción de un ser humano».

Sólo Dios puede dar tales órdenes, porque sólo él es Juez perfecto, infinitamente justo y sabio.

No podemos negar la existencia de pueblos tan corruptos y decadentes como los cananeos de tiempos de Moisés y Josué. Pero lo que ha cambiado es la situación histórica, y muy concretamente el momento de la historia de la salvación. No hay ninguna comunidad humana, hoy, cuya supervivencia tenga para la preservación del depósito de la Palabra divina, la misma importancia que tuvo entonces Israel, ya los apóstoles vivieron en la plenitud de la revelación de esta Palabra, Revelación y redención han sido consumadas en los días apostólicos. Esta es la ventaja que tenemos sobre los fieles del Antiguo Testamento (1 P. 1: 10-12). Tanto la acción redentora como la reveladora han sido realizadas plena y perfectamente. Su testimonio ya no es patrimonio de un solo pueblo nacional y políticamente organizado sino del nuevo Israel de Dios, la Iglesia de Jesucristo desparramada por todo el mundo, como pueblo en medio de los demás pueblos de la tierra.

Hay que comprender, pues, que las órdenes dadas por Dios en el tiempo de la conquista de Canaán no son de aplicación universal ni justifican cualquier acto de violencia contra el prójimo en nombre de ]a religión. Quienes apelan superficialmente al Antiguo Testamento no sólo cometen errores de exégesis sino, lo que es más grave, suelen verse arrastrados hacia conductas indignas del Evangelio. Esta ha sido siempre la tragedia de las guerras de religión y de todas las inquisiciones. Nada hay que justifique el uso de la violencia por parte de la Iglesia.

Tenemos que dejar el juicio en manos de Dios: «No os venguéis vosotros, amados mío, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» (Ro. 12: 19). Esto no significa que, mientras tanto, el cristiano debe estar cruzado de brazos, a la manera del descanso sabático de los judíos en el que no cabía siquiera la posibilidad de obrar activamente en favor del bien. Significa simplemente que la acción cristiana debe tomar como motivación el amor y como precaución la crítica constructiva, realista y comprensiva, para vencer con el bien el mal (Ro. 12:21; Lc. 6:28 ). Porque, como escribió Santiago, «la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Stg. 1 :20).
La ira divina es siempre la expresión de su santa justicia; la ira del hombre, por el contrario, refleja la pecaminosidad del ser humano y su incapacidad para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

De ahí la alerta constante frente al peligro de confundir la expresión de la ira del hombre y la justicia de Dios.

Nuestras emociones, y nuestras reacciones, son ambivalentes: necesarias y peligrosas a la vez. Dios nos ha creado con la capacidad de airamos, es decir: de enfadamos. Pero siempre es un problema para nosotros los humanos el saber hasta donde podemos llegar con nuestra indignación.

Algunos textos de la Escritura se hacen eco de esta doble realidad; es decir, de la necesidad y de la peligrosidad de nuestra ira. En primer lugar, el libro de los Salmos. En el Sal. 39: 1-3 su autor es consciente de su deber de denunciar el mal y controlar al mismo tiempo su cólera contra los impíos. Un exceso de ira, al igual que un exceso de falsa prudencia son malos. El Sal. 4:4 aconseja: «Temblad y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama y callad». El temblor de que se habla aquí es el producido por la indignación que provoca toda situación de injusticia.

Efesios 4:26-27 va en la misma dirección: «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo».

En ninguno de estos textos encontramos prohibiciones. Todo lo contrario, los verbos en imperativo mas bien sugieren la responsabilidad que tenemos, como creyentes, de indignamos frente a toda forma de injusticia. En un mundo caído, tan corrompido como extraviado, lo pecaminoso seria quedar indiferente. Hay casos en que la insensibilidad es pecado. Pero estos textos advierten también del peligro de caer en pecado al montar en cólera incontrolada.

La cuestión estriba en saber mantenerse dueño de uno mismo. Y esto vale para las colectividades lo mismo que para los individuos. Los textos citados, sin prohibiciones, invitan a la armonía que se deriva siempre del autocontrol. Animan a velar sobre nuestras reacciones, a que no se ponga el sol sobre nuestro enojo.

Se trata de empezar arreglando las cosas primeramente en nosotros mismos -meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama- antes que la luz se apague o el sueño nos invada con su universo de fantasías.

Montar en cólera contra la injusticia no nos exime del serio auto-examen y del esfuerzo por hallar vías de reconciliación y de lucha eficaz contra los males de este mundo. Es así como no daremos lugar al diablo.

La ira del hombre no obra la justicia de Dios. Los inquisidores de toda laya (inquisidores políticos, religiosos o culturales) supieron airarse pero no pudieron establecer la justicia ni mostrar el amor de Dios.

En cambio, la revelación divina, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, presenta un santo equilibrio entre el juicio y la misericordia de Dios.


 


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