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Hablar sobre el Antiguo
Testamento es hablar de Dios. No sólo porque la
Divinidad sea tema preferente de los libros que
constituyen el Antiguo Testamento sino porque todos,
absolutamente todos, estos escritos no tienen otra
finalidad que presentar a Dios en su obrar y en su
hablar. En todo momento, desde el principio al fin, el
nombre de Dios es el sujeto indiscutible de cualquier
acontecimiento: «En el principio creó Dios los cielos y
la tierra» (Gn. 1:1), afirmación que desmitifica las
formas paganas de religión, como la astrología (la
adoración de los astros), la zoolatría (la veneración de
animales) y toda otra forma de idolatría.
No hemos entendido nada del Antiguo Testamento si no
comprendemos sus motivaciones teológicas. Lo central de
sus páginas es precisamente la revelación que Dios hace
de sí mismo. La palabra y la obra de Dios determinan
todos los acontecimientos desde la creación hasta la
liberación y la elección de Israel como pueblo escogido
para ser finalmente de bendición a todos los demás
pueblos (Gn.12).
En el Antiguo Testamento no se ensalzan ni la fuerza ni
la sabiduría de los hombres, ni siquiera el caudillaje
de Moisés. La alabanza va dirigida siempre al Señor de
la historia, a Yahvéh, en exclusiva. «Cantad a Yahvéh,
porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el
mar al caballo y al jinete» (Ex. 15:20). Los salmos
agrupan la alabanza de Israel a su único Salvador,
Yahvéh.
Yahvéh utiliza a sus siervos, como Moisés a quien habla
«cara a cara», para llevar adelante su obra liberadora.
Básicamente el Antiguo Testamento es historia de
salvación, en la cual brilla la gracia divina que
siempre toma la iniciativa.
Yahvéh sacó a Israel de Egipto, lo condujo por el
desierto (Ex.16ss, Nú.13ss) hasta la tierra de Canaán (Nú.13),
tal como había sido prometido a los patriarcas (Gn.
12-50). Solamente Dios, y nadie más que Yahvéh, ha
liberado a Israel y le ha manifestado su voluntad en el
Sinaí. En última instancia, no son hombres los que han
dado las leyes y han elaborado el culto, el único culto,
agradable a Dios (Ex.19; Nú. 10), sino el Señor que
habla y salva, haciéndose un pueblo para sí.
Si comparamos la historia de Israel, iniciada por Yahvéh,
con las tradiciones históricas y religiosas de otros
pueblos descubrimos el gran contraste. Porque donde los
demás lo atribuyen todo, o casi todo, al genio de sus
hombres o a sus mitos, en el Antiguo Testamento Yahvéh
es el único Creador, Salvador, y Juez. y cuando se
enaltece a alguien, como David por ejemplo, se
puntualiza bien que todo se debe a Dios en último
término: «y David iba adelantando y engrandeciéndose, y
Yahvéh Dios de los ejércitos estaba con él» (2 S. 5:
10). Los profetas son testigos del mensaje divino y no
se atreven a dar nada que no sea la mismísima Palabra de
Dios en sentido estricto. De ahí que las revelaciones
recibidas del Señor comiencen siempre en términos como
«Me dijo Yahvéh» (ls.8:1), «Palabra de Yahvéh que le
vino (a Jeremías) en los días de Josías» Ver. 1: 1 ),
«Vino palabra de Yabveb al sacerdote Ezequiel» (Ez. 1:
3), «Palabra de Yahvéh que vino a Oseas» (Os. 1:1), etc.
El Antiguo Testamento es teocéntrico: el reconocimiento
de Dios y su manifestación a los hombres representa su
significado esencial. Dios es único y como tal
desmitifica, desdiviniza, radicalmente la naturaleza y
preserva a los seres humanos de la divinización del
hombre o del mundo. El hombre es así liberado de todas
sus posibles alienaciones. Los poderes religiosos,
económicos, sociales y políticos quedan reducidos a su
valor real: obra del trabajo de los hombres o producto
de la naturaleza sin más. Los dioses de los imperios (Asiria,
Babilonia, Egipto, etc.) son objeto de burla y tildados
de «nada» (ls. 41 :24,29; 44: 9-20). El relato de la
creación que ya hemos señalado fue una lección
revolucionaria a lo largo de la antigüedad y aún para el
mismo Israel, tan proclive a caer en la idolatría (Os.
8:6; Is. 31 :3; Ez. 6:4-6: 20:7). La mayoría de los
pueblos que rodeaban a Israel veneraban a los astros
como divinidades celestiales que determinaban el destino
de los humanos. El mensaje del Antiguo Testamento, en
cambio, enseñaba a considerarlos como cuerpos luminosos
regalados por el Creador para ayudar a determinar el
curso de los días, los meses y los años, como elementos
del calendario y nada más (Gn. 1: 14-18).
Dios se revela en el Antiguo Testamento como inefable e
indefinible. No puede comparársele a nada ni a nadie
(Ex. 20:4). De ahí la prohibición de imágenes físicas o
conceptuales y el hecho de que no podamos ir más allí de
su propia autodefinición : «Yo soy el que soy (Yahvéh)»>
(Ex. 3: 14 ss.)
DIOS ES COMPARABLE SOLAMENTE A SÍ MISMO.
Dios, Yahvéh, no sólo se
presenta como el Creador todopoderoso y Señor de la
historia, sino como Salvador misericordioso. Es de
señalar el hecho de que Dios no solamente salva a su
pueblo sino que desea tener una relación intima de
alianza (o pacto) con él. La gracia divina se manifiesta
constantemente en la vida del pueblo elegido a1 cua1 son
dadas preciosas promesas que a1ientan su esperanza. Es
así como una serie de conceptos, y realidades
correspondientes, son de suma importancia para la
comprensión del trato de Dios con los seres humanos,
especialmente sus redimidos, y el carácter de Yahvéh
como Dios liberador, soberano y amoroso. Destaquemos:
además de Dios Creador, Dios que elige, libera, promete
y establece una relación pactada. Así, elección,
liberación, promesa y pacto son elementos fundamentales
en la historia de la salvación que nos comunica el
Antiguo Testamento.
¿CÓMO ES EL DIOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO? ¿CUÁLES SON SUS
ATRIBUTOS?
La respuesta a estas
preguntas es contundente: el Dios que se revela en el
Antiguo Testamento es el mismo que lo hace en el Nuevo.
Su carácter, sus atributos y su realidad son exactamente
los mismos que descubrimos en la nueva Alianza del
Evangelio.
Lucas estaba firmemente
convencido de que Jesús de Nazaret, el Mesías
crucificado, sólo podía ser entendido como Señor y
reconocido como a tal con la ayuda del canon
veterotestamentario; a los discípulos del camino de
Emaús les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para
creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era
necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que
entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y
siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas
las Escrituras lo que de el decían» (Lc. 24:25-32).
El Antiguo Testamento es
indispensable para el conocimiento de Cristo y para la
vida cristiana (2 1l.3: 15 ss.), para que el hombre de
Dios alcance la perfección, enteramente preparado para
toda buena obra.
El mensaje del Antiguo
Testamento sobre Dios pone el fundamento de la
revelación evangélica que encontramos en el Nuevo. En
ambos Testamentos nos habla el mismo Dios.
¿En qué estima tenemos hoy
los cristianos el Antiguo Testamento?
¿PODEMOS DEFENDER UN «CRISTIANISMO DEL NUEVO
TESTAMENTO»?
¿Existe alguna relación
entre nuestras opiniones sobre las diferentes edades del
hombre y el aprecio que hagamos del Antiguo Testamento?
Vivimos en una cultura
orientada casi exclusivamente a enaltecer, halagar y
glorificar a la juventud. Lo nuevo es, por definición,
mejor y superior. Lo viejo se asocia con lo inútil,
desfasado y molesto. De ahí que incluso el conocimiento
de la historia sea tenido por algunos como superfluo.
Dentro de esta
perspectiva, consciente o inconscientemente, muchas
iglesias en la actualidad abandonan todo interés por el
Antiguo Testamento. Se le tiene por poco más que un
conjunto de historias extrañas vinculadas a otros
tiempos y sin ninguna utilidad para nosotros hoy. Algo
así como las «batallitas», para usar un len¬guaje
coloquial, de nuestros abuelos sin relación con el mundo
moderno. Se escucha la lectura del Antiguo Testamento
como se escucha a los ancianos: por educación o por
compasión, pero no se les hace el menor caso.
Muchos a quienes
molestaría que se les arrebatase el nombre de
«evangélico» no tienen el menor aprecio por el Antiguo
Testamento, porque imaginan que no tiene nada valioso
que decir.
Las dificultades con el Antiguo Testamento vienen de
lejos, Desde el principio, y a medida que la Iglesia
bebía más y más en las fuentes de la filosofía griega,
comenzaron a surgir problemas tanto en la comprensión
como en la aplicación de los textos veterotestamentarios.
O bien fueron «espiritual izados» (no por el Espíritu
Santo sino por la fantasía y el capricho) o simplemente
fueron ignorados. Lo primero lo practicaron con la
alegoría como método de interpretación y lo segundo
mediante el olvido.
De manera que arrastramos una tradición viejísima de
mala, o nula, utilización del Antiguo Testamento.
Sin una exacta comprensión del papel y el significado
del Antiguo Testamento, la Iglesia es proclive a caer en
toda clase de errores. Tenemos la historia para
demostrarlo.
Oímos hablar, a veces, de «Cristianismo del Nuevo
Testamento», y, en esta misma línea, nos enteramos de la
inauguración de talo cual «Iglesia del Nuevo
Testamento». Hemos recibido cartas de algunas
congregaciones con membretes que quieren subrayar el
hecho de que se trata de creyentes que basan toda su fe
en el Nuevo Testamento. Ciertamente, todos los
cristianos hemos de tener en alta estima y reverenciar
el Nuevo Testamento, basando todas nuestras creencias en
la revelación que nos transmite. Pero, ¿Significa esto
que sólo el Nuevo Testamento es el fundamento de nuestra
fe? ¿Excluye, o deja de lado, este énfasis la revelación
del Antiguo Testamento?
¿Somos cristianos bíblicos, apoyados en la totalidad de
la Biblia, o solamente cristianos neotestamentarios?
Quien quiera apoyarse únicamente en el Nuevo Testamento
andará cojo, y ni siquiera podrá comprender con
profundidad el Nuevo Testamento. Y lo más grave, dejará
de ser verdaderamente bíblico. Porque lo bíblico es el
reconocimiento, y el acatamiento, de los dos Testamentos
como Palabra revelada e inspirada por Dios. «Sólo la
Biblia» fue uno de los estandartes de la Reforma, no
«sólo el Nuevo Testamento».
Ningún cristiano de los que vivieron en la época en que
fue escrito el Nuevo Testamento se hubiera referido a si
mismo como «cristiano del Nuevo Testamento», ni hubiera
designado su congregación como una «Iglesia del Nuevo
Testamento».
Los cristianos que vivieron en el primer siglo, en la
era apostólica, tanto los que convivieron con Jesús
mismo como los que fueron contemporáneos de los
apóstoles, basaban su fe y su esperanza en las promesas
de las Sagradas Escrituras hebreas (es decir: el A.T)
que, entonces, en el siglo que les había tocado vivir
empezaban a cumplirse. ¿Había llegado el Mesías
prometido tantas veces en los textos
veterotestamentarios? Por fin ¡Dios con nosotros!
La vida y la obra de Cristo eran la culminación de todo
lo que les había sido dicho a los santos de la antigua
alianza. De ahí que las Escrituras que completaron y
cerraron la revelación de Dios a los hombres, se apoyen
constantemente en lo dicho por el mismo Dios al
principio. Ejemplos: Mt. 2:23; Le. 2:25-32; 24: 13-35;
Hch. 7:2¬53; 13: 16-43; 24:14; Ro. 1:1-3; 1 Co. 15:1-4;
Gá. 4:21-31; Ef. 2:20, etc.
El Antiguo Testamento fue durante la primera andadura de
la Iglesia primitiva la única Biblia disponible. No
tenían ninguna otra revelación objetiva fijada por
escrito. Atesoraban en la memoria las palabras de Cristo
( Hch. 20:35) y, progresivamente se fue formando el
Canon de las Escrituras del Nuevo Testamento pero
mientras tanto se utilizaba la Biblia hebrea sin
dificultad. Los escritos inspirados de la época
apostólica que llegarían a constituir el canon del Nuevo
Testamento fueron considerados como el remate y la
coronación de la revelación de las Escrituras hebreas.
De ahí la unidad indisoluble de ambos Testamentos. No
podemos vindicar un cristianismo del Nuevo Testamento
sin el Antiguo; es una contradicción. Cada uno es
ininteligible sin el otro, mientras que el uno y el otro
se complementan perfectamente en un todo único.
Nadie entenderá nunca el Nuevo Testamento sin la ayuda
del Antiguo. Y también podemos afirmar que nadie
comprenderá éste sin la ayuda de aquel. En el siglo IV
decía Agustín que el Nuevo Testamento se encontraba
implícito en el Antiguo y éste se hallaba explícito en
el Nuevo.
Las Escrituras inspiradas que Timoteo conoció desde su
niñez eran las Escrituras hebreas, el Antiguo
Testamento. Y estas Escrituras, afirma el apóstol Pablo,
podían hacerle sabio para la salvación por la fe que es
en Cristo Jesús, no meramente para hacer de él un buen
judío: «Desde la niñez has sabido las Sagradas
Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la
salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la
Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar,
para redargüir, para corregir, para instruir en
justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto,
enteramente preparado para toda buena obra» (2 Ti.3:1
5-17).
Cuando leía de niño las Escrituras Timoteo sólo podía
leer el Antiguo Testamento, pues el Nuevo no se había
formado todavía como tal.
De manera que 2 Ti. 3:15-17 no solamente proclama la
inspiración del Antiguo Testamento (y de toda Escritura,
el N.T. por extensión) sino que afirma rotundamente la
autoridad fundamental de las Escrituras hebreas en la
era del Nuevo Testamento. Con ello está afirmando,
implícitamente, que el Dios revelado en Jesucristo es el
mismo Dios del Antiguo Testamento.
¿SE MUEVE TODAVIA MARClÓN ENTRE NOSOTROS?
El Nuevo Testamento pone en guardia con respecto a
errores que, inevitablemente, surgirán de las mismas
filas del cristianismo. Los últimos textos
neotestamentarios Judas y 2 Pedro, por ejemplo, trazan
un cuadro preocupante para la Iglesia primitiva,
amenazada por toda clase de herejías.
Tanto la enseñanza escatológica de Jesús (Mt. 24 y 25)
como Apocalipsis presentan una visión de la historia de
la Iglesia en lucha constante contra el error y la
impiedad hasta que el Señor vuelva en su segunda venida.
No es de extrañar que los ataques en contra de la unidad
de la Revelación divina aparecieran temprano. Primero
había sido el empeño en dividir la unidad de la persona
humano-divina en Jesucristo que predicaban los «falsos
profetas» denunciados por el apóstol Juan (1 Jn.4: 1-3).
Auspiciada por la mentalidad gnóstica de la época se
negaba que Cristo hubiera venido verdaderamente «en
carne», haciéndose realmente hombre. El primer ataque
fue contra el Hijo de Dios. Y el segundo en importancia
el sufrido por la Palabra de Dios, al pretender separar
el Antiguo Testamento del Nuevo, negándole a aquel toda
autoridad.
Marción, a mediados del siglo II, tiene la triste fama
de haber sido el gran enemigo de la unidad de la Biblia.
Enseñaba que el Antiguo Testamento era un libro judío
que para nada servia a los cristianos. Según su parecer,
este libro judío presentaba un dios completamente
diferente del Dios que revela el Nuevo Testamento.
No entraré aquí en la discusión de la manera que la
posición de Marción afectó al reconocimiento del canon.
He tratado esta cuestión en un capítulo del libro ¿Cómo
llegó la Biblia hasta nosotros? Varios, Unión Bíblica;
Cap. Revelación, Inspiración y Canon de las Escrituras,
pp.129-172, especialmente pp. 159-166.
Pero no tuvo suficiente con arrancar el Antiguo
Testamento sino que, al mismo tiempo, se hizo un Nuevo
Testamento a su gusto, más reducido, después de haberle
expurgado de los pasajes y libros que consideraba
demasiado judíos.
También en su caso, la corriente neognóstica ejerció su
influencia. Marción despreciaba la materia y, por
consiguiente, la creación que atribuía a un dios malo,
mientras que el Dios del Nuevo Testamento era un Dios
bueno, sin relación ninguna con la materia. Aunque
existen dudas sobre algunas de sus creencias, se le ha
situado a veces cerca del Maniqueísmo, sistema de
pensamiento que enseñaba la existencia de dos dioses:
uno malo y otro bueno, los dos igualmente omnipotentes
pero totalmente diferentes.
Para Marción, la gracia era incompatible con el Antiguo
Testamento y la Ley irreconciliable con el Evangelio.
Separó a Jesús de Yahveh. A su juicio, el Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo no tenía nada que ver con la
voz que escuchó Moisés en medio de la zarza que no se
consumía ni con los 10 mandamientos del Sinaí. No
solamente invalidaba una gran sección de la Biblia, sino
que destruía la armónica conexión bíblica entre el amor
y la justicia.
Marción fue expulsado de la Iglesia. Sus ideas fueron
tenidas por heréticas, aunque de vez en cuando resurgen
algunos aspectos de las mismas cuando reducimos al Señor
a un Dios de amor únicamente sin ninguna relación con la
justicia, cuando menospreciamos sin damos cuenta el
Antiguo Testamento como de escaso o ningún interés para
nosotros, todas las declaraciones teóricas que podamos
hacer de nuestra aceptación del Antiguo Testamento, no
ocultan el hecho de que, desgraciadamente, quedan
todavía bastantes «marcionitas» entre nosotros. Todo
aquel que hace gala de tener una fe exclusivamente
neotestamentaria es un «marcionita» en potencia, aunque
diga aceptar teóricamente la inspiración de toda la
Biblia.
EL ANTIGUO TESTAMENTO ES PROFUNDAMENTE CRISTOLÓGICO
La Iglesia patrística defendió la autoridad del Antiguo
Testamento al que consideraba un legado de Cristo y,
así, una obra cristiana frente a los judíos que opinaban
que se trataba del sostén de sus tradiciones religiosas
y no de los fundamentos de la fe cristiana, como predicó
Jesús primero y luego los apóstoles ( Hch.18: 13; 21
:28).
La Iglesia primitiva respetó el Antiguo Testamento y
consideró siempre el Nuevo como una continuidad de
aquel. Su interpretación solía ser cristológica,
siguiendo la pauta de Jesús mismo: «Entonces el les
dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo
lo que los profetas han dicho! Y comenzando desde
Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les
declaraba en todas las Escrituras lo que de el decían».
(Lc. 24: 25 y 27; Jn. 5:39; Hch. 2:22-36; 1 Co. 15:
1-4). La Iglesia hizo suyas las promesas dadas a Israel
al verse a sí misma como el verdadero Israel de Dios,
compuesto de judíos y gentiles a la vez.
Lo habían aprendido del mensaje del Nuevo Testamento (Ro.
2:28,29; 9:25; Gá. 3:7,29; Gá. 3: 15, 16). Jesucristo
defendió la integridad del Antiguo Testamento (Mt. 5:
17-19). El apóstol Juan define el pecado como la
infracción de la Ley (1 Jn. 3:4) y los apóstoles no
conocían otra ley que la del Antiguo Testamento,
repetida por cierto implícita o explícitamente en los
Evangelios y las cartas apostólicas. El pecado, para los
cristianos, queda explicado como una infracción de lo
que Dios reveló en los documentos de la antigua Alianza.
Porque se trata del mismo Dios, tanto para los hebreos
de antaño como para los discípulos de Jesús después.
Pablo afirma la autoridad de las Escrituras
veterotestamentarias para orientar sus instrucciones
sobre el sostenimiento de los ministros de la Iglesia (1
TI. 5:18 ; Dt. 25:4). Jesús había hecho lo mismo (Mt.
10:10; Lc. 10:7). Santiago, siguiendo en esta línea,
recuerda a sus lectores que el Señor espera de ellos el
respeto a todos, absolutamente todos, los mandamientos
de la ley de Dios, sin fisuras (Stg. 2:9-11). De no
hacerla así quedarán convictos por la ley como
transgresores.
La lectura del Nuevo Testamento nos convence de que el
Antiguo Testamento es profundamente cristológico; es
decir: que su significado hay que encontrarlo en función
de la revelación del Mesías prometido y prefigurado en
todas las instituciones de Israel. El lector cristiano
lee los documentos del antiguo Pacto como palabra de
Jesucristo mismo. El apóstol Pedro escribe
inequívocamente: «Los profetas que profetizaron de la
gracia destinada a vosotros, inquirieron y
diligentemente indagaron acerca de esta salvación,
escudriñando que persona y que tiempo indicaba el
Espíritu de Cristo que estaba en el/os, e! cual
anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las
glorias que vendrían tras el/os» (1 P. 1: 10,11). Con
estas palabras, Pedro quiere decimos que el Antiguo
Testamento no es solamente una revelación profética del
ministerio del Mesías sino que es, igualmente, una
revelación de la voluntad de Cristo. ¡El Espíritu de
Cristo estaba en los autores del Antiguo Testamento!
Cristo mismo, afirma Pedro, es el autor del Antiguo
Testamento. No puede darse rotundidad mayor en la
confesión del verdadero carácter de los escritos
bíblicos como un todo indivisible, inspirado por un
mismo Señor (1 P. 1: 12).
Tratar de zafarse de la autoridad moral de las secciones
éticas de la ley, es una afrenta que hacemos a Cristo.
Hay muchas maneras de hacerla, pero todas ellas
deshonran al autor de la Biblia.
Evidentemente, el Antiguo Testamento es un conjunto de
libros judíos. Y también lo es, en gran parte, el Nuevo
Testamento. Pero en ambos casos se trata de una
revelación cristiana, inspirada por el Espíritu de
Cristo, es decir: por el mismo Dios Trino.
Cuando el Antiguo Testamento revela las maravillas del
Creador (Gn. 1 y 2; Sal. 104), o los grandes principios
que deberían regir la vida personal y social (Ex.
20¬23), o las profecías del Mesías que tenía que venir
(Sal. 22:1-2; 110; Is. 53; 61:1-3; 65:8-9), siempre
habla con autoridad porque transmite la Palabra de Dios,
a través del lenguaje humano(2 P. 1 :21). Y lo mismo
ocurre con respecto al Nuevo Testamento.
La revelación bíblica es histórica y eterna al mismo
tiempo. Nos ha sido dada a través de la historia y de
diversas culturas pero es siempre la Palabra eterna del
Dios eterno.
LA AUTORIDAD DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Toda la Biblia confirma la autoridad del Antiguo
Testamento. Los profetas confirmaban una y otra vez el
valor de la revelación mosaica frente a la apostasía de
Israel (ls. 24: 1; Jer. 11: 1-17; Ez. 16:43). Y Jesús
mismo afirmó: «No penséis que he venido para abrogar la
ley o los profetas; no he venido para abrogar. sino para
cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen
el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de
la ley, hasta que todo se haya cumplido»(Mt. 5: 17-18).
El apóstol Pablo describe el Antiguo Testamento como
«santo, justo y bueno». (Ro. 7: 12). Y lo mismo cabría
decir de los otros autores del Nuevo Testamento con
abundancia de citas.
La incuestionable autoridad del Antiguo Testamento se
pone de manifiesto también al comprobar cómo y cuánto lo
citan los autores del Nuevo. Roger Nicole comenta que
este hecho no se tiene en cuenta suficientemente: «La
manera cómo los escritores del Nuevo Testamento citan
los textos veterotestamentarios expresa su profunda
convicción sobre la eterna contemporaneidad de toda la
Escritura. Esto se pone de manifiesto de manera concreta
en los muchos casos en que se afirma que lo escrito fue
dicho por Dios» (Mt. 22:31; cf. Mt. 15:7; Mc. 7:6; 12:
19; Hch. 4: 11 ;13:47; He. 12:5 ). Roger Nicole, «The
New Testament Use of the Old Testament» ed. Carl
FH.Henry, Revelation and the Bible, G.Rapids, 1982, pp.
26-27.
«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber
recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y
creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran
extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que
esto dicen, claramente dan a entender que buscan una
patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de
donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver.
Pero anhelaban una mejor. esto es celestial. por lo
cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos»
(He. 11: 13-16 ).
Estos, y tantos más pasajes de la Escritura, enfatizan
la unidad de los propósitos divinos realizados en Cristo
y, consecuentemente, la unidad de la revelación bíblica.
Cuando leemos la carta a los Hebreos nos damos cuenta
que los santos de la antigua alianza son propuestos como
ejemplo para nosotros los que vivimos como pueblo de
Dios del nuevo pacto. Y a todos, tanto a ellos como a
nosotros, se nos advierte del peligro de caer en la
mentalidad carnal: formalismo, legalismo,
auto-justificación supuestamente meritoria, a la manera
de Israel en el desierto, abocados a la incredulidad y
la apostasía (He. caps. 3 y 4). De esta indisoluble
unión entre el antiguo pueblo de Dios y el pueblo
cristiano dan testimonio las palabras finales del
capitulo 11 de Hebreos: «Y todos éstos (los santos de la
antigua alianza), aunque alcanzaron buen testimonio
mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo
Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen
ellos perfeccionados aparte de nosotros» (He. 11
:39-40).
La fe revelada en la Biblia, en ambos testamentos,
presenta como alternativa a la falsa religiosidad, la fe
de la nueva alianza. Cuando resistimos la tentación de
considerar el Antiguo Testamento como algo ético,
teológico y espiritualmente inferior, estamos en
condiciones de apreciar la unidad fundamental de la
Biblia y, lo que es más importante, la autoridad misma
del Antiguo Testamento al hacerla así escuchamos la voz
del único Dios verdadero que nos habla en ambos
Testamentos.
EL ANTIGUO TESTAMENTO Y LA GRACIA DE DIOS
La realidad central tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento es la gracia de Dios derramada en favor de
una raza caída.
El llamamiento de Abraham revela constantemente la
gracia divina. El patriarca será la fuente, en la
providencia de Dios, de la Palabra de Dios encarnada (Jesu¬isto)
y la Palabra de Dios escrita (la Biblia). En él serán
benditas todas las gentes (Gn. 12:3; 17:7,8,19). El
pacto con Abraham es divinamente ideado, administrado,
confirmado y ejecutado. La fe que exige el pacto supone
la obediencia fiel al Señor (Gn. 17: 10). No hay
contradicción entre la gracia y las obligaciones que
ella comporta, puesto que la fe -como dirá más tarde
Pablo- obra por el amor, el amor a Dios y al prójimo (Dt.
6:4-6; Gá. 5:6 ).
Y cuando los descendientes de Abraham forman un pueblo,
el Señor los llama para ser un pueblo santo, separado
para Dios (Ex. 2:25; Dt. 4:37; 7:6,8; 9:4-6; Lev.19:2;
Os. 13:5; Am. 3:2). En el Sinaí se establece el pacto de
Dios con Israel, una vez redimido (Ex. 6:6-8; 15:13;
20:2; Dt. 7:8; 9:26; 13:5; 21:8). Entonces, Israel fue
admitido a una relación filial con su Salvador y Señor,
Yahvéh (Ex. 4:22; Dt. 8:5; 14:1; 32:6; 1 Cr. 29.10; Is.
63:16; 64:8; Jer. 3:19; 31:9; Os. 11:1; Mal. 1:6; 2:10).
El código ético sintetizado en los 10 mandamientos no es
un camino de salvación por obras -como torcidamente lo
interpretaron los fariseos contemporáneos de Jesús,
contra los que tuvo que enfrentarse Pablo-, sino la
voluntad de Dios para su pueblo redimido, dándole
instrucciones para su diario vivir en el temor reverente
de Yahvéh.
El pacto con Israel, llamado también Mosaico (por
Moisés), es una ampliación del concertado con Abraham
(Ex. 2:24; 3:16; 6:4-8; Sal. 105:8,12,42-45; 106:45).
Como en todos los demás pactos que aparecen en la
Biblia, la gracia soberana de Dios se manifiesta en
primer lugar decisivamente, así como el llamamiento a
esta¬blecer una relación espiritual intima entre el
hombre y su Salvador (Ex. 6:7; Dt. 29:13; Ex. 19:5-8;
24:3,4; Dt. 4:13-14; 6:4-6).
Como en todos los demás pactos, aquí también la
condición para gozar de las bendiciones divinas es la
respuesta de la fe obediente (Ex. 24:7; Dt. 6:4-15;
Lev.19:2). El creyente de la antigua alianza era llamado
a perseverar en su fidelidad y consagración a Dios,
exactamente como en la nueva alianza (Ro. 11 :22; Col. 1
:23¡ He. 3:6,14; 1 P. 1 :5). El mismo pacto mosaico
ofrecía provisión para la limpieza y el perdón mediante
la liturgia levítica que, de manera velada y simbólica,
anunciaba la gran salvación de Dios en el Calvario
mediante el derramamiento de la sangre de Jesucristo,
pues, como enseñaba repetidamente el A.T., sin
derramamiento de sangre no hay remisión de pecados.
Una de las mayores perversiones que ha sufrido el
mensaje bíblico es la de convertir la Ley en un supuesto
camino de salvación, como hicieron los fariseos. La
única parte de la Torá que abre el camino del perdón es
la que corresponde a los sacrificios levíticos. De ahí
el craso error de pensar que el Antiguo Testamento
predica la salvación por méritos del hombre y el Nuevo
la salvación por gracia. Completamente equivocado. Esta
falsa comprensión, que opone el cumplimiento de la Ley
en el A.T. a la gracia y ]a justificación por la fe en
el N.T. ha contribuido en gran manera a desprestigiar el
Antiguo Testamento.
Hay Evangelio -gracia, «buena nueva», justificación por
la fe- en el Antiguo Testamento y hay Ley -reglas de
conducta, principios y ética- en el Nuevo.
Porque no hay dos dioses -uno del A.T. y otro del N.T.
como creía Marción- sino un solo y único Dios que se
revela igualmente en ambos.
De ahí que la liturgia levítica celebrada en el
Tabernáculo primero y después en el Templo, tipificara
mediante símbolos las grandes realidades de la salvación
que el Mesías prometido tenia que llevar a cabo en el
futuro. La sangre de los sacrificios tipifica la sangre
de Jesucristo, como bien enseña la carta a los Hebreos.
Los creyentes hebreos sabían que sus pecados contra la
ley moral, que no podían cumplir nunca perfectamente,
les eran perdonados en virtud de los sacrificios
ordenados por las secciones litúrgicas de la Ley (Éxodo,
Levítico y Números), si acudían a la presencia del Señor
contritos e implorando perdón. Aquellos piadosos
creyentes se salvaban por el Cristo que tenía que venir,
así como nosotros somos hoy salvos por el Mesías que ya
vino (He. 11 :24-26).
Los actos solemnes del ritual del culto y las grandes
fiestas representaban el alma de la religión de Israel.
Ofrecían no solamente una gran profecía de la redención
del Calvario -no sólo eran su expresión tipológica
provisional- sino que al mismo tiempo era su
presentación salvífica a los hebreos de la antigua
alianza por la experiencia espiritual que ofrecían a la
fe.
El Nuevo Testamento afirma claramente que estos rituales
levíticos eran tipo de la muerte de Cristo. Tenían un
significado relacionado con el Mesías prometido, con el
Siervo Sufriente, con el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo.
El adorador hebreo, tanto si podía intuir la relación
que la liturgia practicada tenía con un Salvador
sufriente, como si todavía no la vislumbraba (este
discernimiento vino gradualmente, y es posible percibir
su evolución en los profetas y en los salmos), podía
presentar un culto aceptable a Dios, si acudía con fe y
no por mero formulismo rutinario o folklórico.
Comprobemos más de cerca la triple experiencia que la
liturgia levítica brindaba al creyente hebreo:
1) Le llamaba a sentirse, y reconocerse, pecador y, por
lo tanto indigno de la comunión con Dios. Esto le
obligaba a acercarse con corazón contrito y humillado.
2) Le proclamaba que la única manera de renovar la
comunión con Dios era aceptando las condiciones, y los
medios, que Dios mismo ponía a su alcance.
3) Le anunciaba la «buena nueva» de que, al entregarse
contrito y humillado en demanda de perdón, sobre la base
de la víctima expiatoria ordenada para el sacrificio
estipulado por la Ley, se reintegraba a la comunión con
Dios, era aceptado, justificado y perdonado.
En la mente de Dios todo apunta al Evangelio, a la
persona y a la obra de N.S. Jesucristo. En él culmina el
plan divino ideado desde toda la eternidad y que, sin
embargo, ya antes de su realización y cumplimiento
finales, fue proclamado de diversas maneras y con
distintos tonos de luz, para salvación. Al mismo tiempo,
Dios preparaba así al mundo para la venida del Mesías.
Pero en todo tiempo, Dios es el mismo Dios. Y ofrece al
pecador las mismas experiencias para ser salvo:
con¬vicción de pecado, arrepentimiento, entrega a Dios y
súplica para ser perdonado y redimido, para lograr una
renovada comunión con el Señor.
Unidad de propósitos salvadores, unidad de los tratos de
Dios con el hombre, unidad fundamental en los mensajes y
el cuadro que presentan de Dios y de su salvación,
unidad de la Biblia, evidente en ambos Testamentos.
Los instrumentos pudieron variar de una época a otra; el
ropaje sufrió retoques, pero el propósito salvador de
Dios no cambió jamás. Porque él es siempre el mismo Dios
tanto en su carácter como en sus propósitos de
salvación.
El profesor F.F. Bruce decía que el mensaje central de
la Biblia lo constituye la historia de la salvación
encerrada en sus páginas, desde Génesis hasta
Apocalipsis. Bruce destacaba tres aspectos básicos de
esta historia de salvación, tres aspectos que
encontramos en ambos Testamentos y que desarrollan, y
hacen explícita, la misma:
1) el dador de la
salvación (Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).
2) el camino de la salvación se funda en la gracia de
Dios que llama a los hombres al arrepentimiento y espera
una respuesta de fe y amor.
3) los herederos de la salvación: todos los que hemos
dado la clase de respuesta que espera la gracia de Dios
que ha fijado nuestros ojos en la cruz. Cf. F.F. Bruce,
Arts. «Bible» y «The Israel of God» en The New Bible
Dictionary. Existe traducción española de Ediciones
Certeza.
LOS SALMOS Y LA ESPIRITUALIDAD DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Un hecho que deberían meditar seriamente cuantos hacen
división entre los dos Testamentos es que el libro de
1os Salmos no sólo sirvió de devocional, de himnario, a
Israel sino, también, a la misma Iglesia. En los salmos
la espiritualidad del antiguo Israel halla su más alta
expresión. En los salmos se expresa no sólo el creyente
individual sino todo el pueblo de Dios.
Es el libro del Antiguo Testamento que conocemos mejor
los cristianos.
Es como un espejo del alma y del cielo al mismo tiempo;
porque encontramos a Dios y nos descubrimos a nosotros
mismos con todas nuestras complejidades de seres humanos
y de cristianos. Con este libro el judío piadoso se
sentía a gusto y sabía que por medio de él conectaba con
el trono de Dios. Idéntica experiencia tenemos nosotros,
¿cómo sería esto posible si el Antiguo Testamento
testificara de un Dios y el Nuevo Testamento de otro, o
si el Antiguo Testamento hubiera perdido toda autoridad
para el cristiano?
Los Salmos enfatizan la disposición interior del alma,
tanto como pueda hacerla el Nuevo Testamento, como algo
básico para acercarse a Dios (Sal. 40:6; 1 :9). Al
participar de los rituales levíticos, el creyente hebreo
tenía que hacerla con devoción y no meramente por
tradición (4:5; 10:3; 51: 19; 66: 13-15). De ahí también
la demanda de «sacrificios espirituales», como hará
igualmente el Nuevo Testamento (40:6 y ss.; 50: 14-23;
51: 16; 19: 14; 141 :2; 15: 1 y ss.): «Clamaron a Yaveh
en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Envió su
Palabra, y los sanó, y los libró de su ruina. Alaben la
misericordia de Yahvéh, y sus maravillas para con los
hijos de los hombres. Ofrezcan sacrificios de alabanza y
publiquen sus obras con júbilo» (Sal. 107: 19-22).
Los salmistas creen en la omnipotencia de Dios, en su
providencia, en su misericordia, en su perdón y se
regocijan en las grandes obras del Señor del universo y
de la historia. Los salmistas descansan en la fidelidad
de Dios y sienten cerca la presencia del que es Salvador
y Señor de Israel.
Idéntico significado tienen los Salmos para la Iglesia
apostólica (Mt. 21: 16 y 42; 26:30; 27:46; Lc. 24:44;
Hch. 1:20; 2:25-28,30 y 34¡ 4: 11 y ss; Ef. 5: 19; Col.
3: 16; Stg. 5: 13. Desde entonces, los Salmos han
modelado la oración de la Iglesia, bien por su uso
mismo, bien como inspiradores constantes de las
plegarias del pueblo de Dios.
La unidad de la Revelación, en todas sus partes, queda
perfectamente reflejada en la unidad fundamental del
pueblo de Dios. Porque no es judío el que lo es en la
carne, ni es de valor la circuncisión que no lo sea al
mismo tiempo del corazón. Dios puede levantar hijos de
Abraham aún de entre las piedras y todos los que son de
la fe son verdaderamente «la simiente de Abraham».
El Dios de Abraham, el Dios de los salmistas y de los
profetas es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Al ser el mismo Dios es lógico que haga demandas
parecidas de fe, amor, y compromiso en ambos
Testamentos.
SI SOIS DE CRISTO, LINAJE DE ABRAHAM SOIS
Cuando el N.T. afirma que la Ley y los profetas eran
hasta Juan Y que, desde entonces, el reino de Dios es
anunciado (Lc. 16: 16), ello significa que la venida de
Cristo, y previamente la de su heraldo Juan el Bautista,
señalaban la culminación y el cumplimiento de lo
prometido por la Torah y los profetas. Así lo entendía
Felipe cuando le dijo a Natanael: «Hemos ha/lado a aquel
de quien escribió Moisés en la ley, así; como los
profetas: a Jesús de Nazaret» Jn. 1 :45).
Comprobamos una misma línea de continuidad
indestructible entre lo señalado por la promesa y su
cumplimiento en Cristo. Todo forma parte de una
revelación única e inconsútil.
Los santos que vivieron antes de Cristo, como Simeón y
Ana, Abraham, Noé, Enoc, Moisés, David, Isaías y tantos
otros, no seguían a un Dios diferente del Padre de
nuestro Señor Jesucristo. Su conocimiento y sus
esperanzas tenían que completarse mediante la plenitud
aportada por el Hijo de Dios, pero su espiritualidad
básica no era una religiosidad inferior. Moisés habló
con Dios cara a cara (Dt. 34: 10).
La comunión con Dios que experimentó Enoc fue tan íntima
que el Señor quiso trasladarle a su presencia sin pasar
por la muerte: «Caminó, pues, Enoc con Dios, y
desapareció, porque le llevó Dios» (Gn. 1: 24). El mismo
Dios que arrebató a Elías al cielo (2R. 2: 11). Ya hemos
citado el Evangelio de Juan cuando recoge las mismísimas
palabras de Jesús dirigidas a los judíos: «Abraham
vuestro padre se gozo de que habla de ver mi día; y lo
vio, y se gozó» Un. 8:56). De manera que Abraham se
gozaba en el mismo Dios en que nos gozamos los
cristianos y su justificación por medio de la fe no es
diferente de la nuestra. Todavía más, la fe de Abraham
se nos propone como ejem¬plo a nosotros los que vivimos
en el nuevo pacto (Ro. 4; Gá. 3:6-4:7), de tal modo que,
según Pablo, «Si vosotros sois de Cristo, ciertamente
linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gá.
3:29). ¿Podría decirse mas claramente que el Antiguo
Testamento, y los hombres y mujeres que vivieron bajo su
luz, forman una unidad indisoluble con el Nuevo? El
Antiguo Testamento fue dado por el mismo Dios que luego
inspiró el Nuevo Testamento.
Esta realidad es la que le permite escribir al autor de
la carta a los Hebreos « También a nosotros se nos ha
anunciado la buena nueva como a ellos» (He. 4:2) y
prosigue después, en el capítulo 11 con la galería de
santos de la antigua alianza que tienen que servir de
ejemplo a los creyentes del nuevo pacto.
Como observó Robert L. Dabney, es un error limitar la
eficacia de la expiación llevada a cabo por Cristo en la
cruz solamente a los creyentes que vivimos después de la
encarnación: «Por lo que respecta al estado de los
santos del Antiguo Testamento en el otro mundo,
rechazamos la fábula de un aplazamiento de la aplicación
a estos hombres y mujeres de la redención hasta la
muerte de Cristo. La solidez de la obra de Cristo es tan
firme y segura que libera al creyente tan pronto como se
cumple la condición de la fe. Jesucristo constituye una
seguridad inmutable, todopoderosa y fiel, porque cuando
tomó sobre sí el dar satisfacción a la Ley (desde la
eternidad), a los ojos de Dios Padre para quien mil años
son como un día, la expiación debía darse por buena y
por hecha» (Robert L. Dabney, Lectures in Systematic
Theology, 1878, 1972, p.460).
A los ojos de Dios, la obra de Cristo se proyecta de
eternidad a eternidad: «Fuisteis rescatados ... con la
sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha
y sin contaminación, ya destinado desde antes de la
fundación del mundo, pero manifestado en los postreros
tiempos por amor de vosotros» (1 P. 1: 19-20).
Dabney discernió que la religión del Antiguo Testamento
no era tan diferente de la del Nuevo Testamento como, a
veces, algunos han supuesto. Es siempre el mismo Dios
quien habla y sus exigencias y bendiciones,
independientemente de la forma histórica que tomen, no
se contradicen al pasar de una Alianza antigua a una
nueva Alianza.
El Nuevo Testamento no se presenta nunca como un
testamento contrario. No compite con el Antiguo sino que
lo completa. No lo suplanta sino que lo suplementa. Hace
obvio el Antiguo pero no obsoleto. Cuando Jesús
exhortaba «Escudriñad las Escrituras», se refería a la
Biblia hebrea. Estas Escrituras hebreas, puntualizaba
Jesús, «son las que dan testimonio de mí» Jn.5:39).
El Nuevo Testamento no revela una manera distinta para
llegar a Dios. Desde la caída, el acceso a Dios ha sido
siempre el mismo: por medio de la sangre de Cristo cuya
eficacia se proyecta tanto a favor de los que vivieron
antes de la cruz como a los que lo hicieron después de
ella.
LA INDISOLUBLE UNIÓN DE LOS SANTOS DE AMBOS TESTAMENTOS
¿No contradice Mt. 11 : 11 cuanto acabamos de decir? «De
cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha
levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más
pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él».
Estas palabras de Jesús se explican a la luz de otras
que encontramos en el capítulo 13: «Porque de cierto os
digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que
veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron»
(Mt.13: 17).
Encarcelado, el Bautista no estaba en contacto tan
estrecho con Jesús como lo estaba el último de los
discípulos de éste. «Bienaventurados vuestros ojos,
porque ven, y vuestros oídos, porque oyen» (Mt.13: 16).
Aquí, ¡riqueza de material era lo que estos discípulos
vieron, oyeron y creyeron!, exclama W. Hendriksen en su
Comentario de Mateo. Ni Mateo 11, ni Mateo 13, pueden
significar que el Bautista no fuera salvo, fuera
imperfectamente, ni tampoco que su espiritualidad fuera
superficial o desdeñable. El menor en el reino de los
cielos era mayor que Juan en aquel momento dado de la
manifestación del Mesías, en el sentido que era más
altamente privilegiado, porque Juan en la prisión no
tenía contacto con Jesús como lo tenían sus discípulos.
¿No era esta misma circunstancia la que también había
contribuido a la confusión del heraldo con respecto a si
Jesús era o no el Mesías Cuando los mensajeros enviados
por Juan plantearon a Jesús la pregunta, éste estaba muy
ocupado en su actividad de sanar y restaurar (Lc.
7:20,21). ¿No es verdad -se pregunta Hendriksen- que el
ver realmente que todo lo profetizado sucede ante los
propios ojos haría que uno recordara más fácilmente
textos como los de Is. 35:5; 61: 1 y ss. ,de lo que
podría hacerla la atmósfera carcelaria sin oportunidad
de ver y mucho menos de conversar con la bendita persona
en quien pensaba el encarcelado?
El reino llegaba con el Mesías, los afligidos eran
liberados de sus males, los muertos resucitaban y las
más hermosas palabras de vida salían de los labios del
esperado Mesías. Pero en su soberana providencia, Dios
tenía dispuesto que Juan no fuera un participante
inmediato, y ni siquiera un testigo directo, de aquella
primera eclosión del reino mesiánico tan anhelado por el
precursor. El Bautista no vería el Calvario ni viviría
para presenciar las maravillas de Pentecostés. Sin
embargo, no quedaba olvidado, pues el mensaje que Jesús
le envió (Mt. 11 :4-6) fue suficiente para darle nuevos
ánimos.
Aunque quedara lejos del escenario de las primeras
grandes manifestaciones del reino mesiánico, su énfasis
en señalar a Jesús como el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo, el Bautista había sido usado como
instrumento del Señor en la preparación del camino que
tenía que traer las bendiciones de la era mesiánica. De
ahí que Jesús se refiera a él en la forma más favorable:
«De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se
ha levantado otro mayor que Juan el Bautista».
Ciertamente, muchos profetas y justos de la antigüedad
desearon ver y oír lo que veía y oía la generación
contemporánea de Jesús. Ellos otearon el futuro,
anhelaron y escudriñaron «qué tiempo indicaba el
Espíritu de Cristo», pero no pudieron ir más allá del
anhelo de Isaías: «¡Oh si rompieses los cielos y
descendieses!» (ls. 64: 1; d. He. 11:13,39,40; 1 P.
1:10,11).
Ninguno de estos siervos de Dios, mientras aun vivían en
la tierra, vio al Cristo encarnado. Ninguno fue testigo
de sus milagros, Ninguno oyó sus palabras. Todos ellos
murieron en la fe, no habiendo recibido todavía el
cumplimiento de las promesas (He. 11: 13,39). Lo
«mejor» (Mt. 11 :40), la plenitud de la bendición
mesiánica, había sido reservado para los creyentes de
un nuevo día (Cf. Hendriksen, op. cit.).
Pero el mismo, y único, Dios de la promesa y del
cumplimiento; el mismo Señor de la historia en la
antigua Alianza y en la nueva, no quería que los
creyentes bajo el Antiguo Testamento fuesen
«perfeccionados» ni que recibieran el cumplimiento de «
lo prometido» «aparte de nosotros». Unos y otros venimos
englobados en las mismas promesas, los mismos
propósitos, y las mismas bendiciones eternas. Por el
mismo Dios de ellos y nuestro.
¿MOISÉS Y CRISTO CONTRAPUESTOS?
Tampoco la interpretación marcionita, retomada hoy por
algunos, de Jn. 1: 17 «La Ley por medio de Moisés fue
dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucris¬to») resiste el examen de una exégesis
objetiva.
Tomar este texto para contraponer Moisés a Cristo, y
establecer una dicotomía irreconciliable entre la Ley y
la gracia, equivale a querer leer no lo que dice el
pasaje sino lo que desearían los marcionitas.
Por supuesto que existe una diferencia infinita entre
Jesucristo y Moisés. En términos de la carta a los
Hebreos, Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de
Dios, como siervo para testimonio de lo que se iba a
decir, dando la Ley al pueblo de Israel (He. 3:5). Pero
Cristo, como Hijo de Dios (no meramente como un siervo
delegado, a la manera de Moisés) sobre su casa (la casa
de Dios es la casa de Jesucristo, He. 3:3-6), la cual
somos nosotros, tiene tanta mayor gloria que Moisés, por
cuanto tiene mayor honra que la casa el que la fabricó
(He. 3:3), el Hijo de Dios.
La diferencia entre Cristo y Moisés es abismal. Pero ni
la carta a los Hebreos ni Jn. 1: 17 nos dan pie para
imaginar que la infinita grandeza de Cristo hace nula la
obra de Moisés, como si se tratara de algo completamente
desligado de Jesucristo.
Lo que enseña el texto de Juan es que Moisés fue un
simple siervo que sirvió de instrumento para dar la Ley
(la Ley de Dios) y, en cambio, Jesucristo no es un mero
portador de la gracia y la verdad, sino que éstas, «la
gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo». Es
de la plenitud de Cristo que tomamos «gracia sobre
gracia» (Jn. 1: 16). Con él nos vinieron la gracia y la
verdad, no porque nos las trajera a modo de recadero
como Moisés, sino porque tanto la gracia como la verdad
tienen su origen en él (camino, verdad y vida) y de él
fluyen sin cesar.
Como en el resto del Nuevo Testamento, los personajes y
las instituciones de la antigua Alianza aparecen como
heraldos de la promesa y la bendición que vendrán
perfectamente con Cristo.
Pero en ningún lugar, y tampoco en Jn.l: 17, se nos
presenta ninguna antítesis entre Moisés y Cristo ni
tampoco entre Ley y gracia. Cada una de estas realidades
cumple su función en los planes redentores de Dios. Y
siempre, en todo momento, se ensalza la majestad de
Jesucristo y su superioridad sobre ángeles y siervos de
Dios, y se le proclama «uno con el Padre», Hijo de Dios
desde toda la eternidad.
El Nuevo Testamento no nos revela a un nuevo Dios,
diferente del Dios del Antiguo Testamento, como pensaba
Marción y como parecen creer algunos actualmente. Las
premisas son siempre las mismas: el Dios de los antiguos
hebreos era un Dios vengativo mientras que el Dios del
Nuevo Testamento es un Dios perdonador.
Sin embargo, la Biblia entera revela a un único Dios que
es al mismo tiempo justo y misericordioso (Dt. 6:4; Mc.
12:29; Stg. 2: 19).
El «nuevo mandamiento» (Jn. 13:34) es calificado por los
mejores comentaristas como «no estrictamente nuevo» en
palabras de Matthew Poole. Pero si no lo dijeran los
comentarios, tenemos al apóstol Juan para explicamos que
el mandamiento nuevo es, de hecho, también el
«mandamiento antiguo» (1 Jn. 2:7 y 8; Lev. 19: 18). El
amor, como marca distintiva del creyente, se hallaba
presente ya en la Ley mosai¬ca. Ahora será «nuevo» por
la perfección a que Jesús lo eleva, y lo comunica por su
Espíritu.
¿Cómo agradaban a Dios los santos de la antigua Alianza?
¿Cómo le agradan los de la nueva? Mediante la fe y el
amor.
LA IRA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.
¿Qué decir, pues, de la ira de Dios? ¿Es una realidad
que pertenece solamente al Antiguo Testamento?
Los que se escandalizan al leer sobre la ira de Dios en
el Antiguo Testamento, parecen olvidar la ira de Jesús
en el Nuevo (Ap. 14: 19; 19: 13-16) y la enseñanza de
los apóstoles (2 Tes. 1: 6-10) en perfecta conformidad
con los Evangelios (Mt. 23:13-16, 23-29,33).
Como certeramente señala R.Y.C. Tasker: «La opinión
sustentada por Marción en el siglo II y consciente o
inconscientemente, adoptada por ciertos sectores que
quieren seguir llamándose cristianos, de que el Antiguo
Testamento revela solamente un Dios de ira y el Nuevo
sólo un Dios de amor, es completamente errónea. Puede
ser refutada por cualquiera que tenga de la Biblia un
conocimiento algo más que superficial».
Pocas descripciones más hermosas del amor de Dios como
la que encontramos en el Salmo 103, especialmente en el
v.8. Y es en el mismo libro de los Salmos donde leemos
también: «Dios es juez justo, y está airado contra el
impío todos los días» (Sal.7: 11).
Por otro lado, es un autor del Nuevo Testamento quien al
hablar de Dios como Padre, enfatiza al mismo tiempo su
obra de Juez delante del cual todos debemos vivir en
santo temor (1 P. 1: 17); Y es también otro escritor del
Nuevo Testamento el que, haciéndose eco de las palabras
de Deuteronomio 4:24 dice: «Nuestro Dios es fuego
consumidor» (He. 12:29) establece la idéntica identidad
de] Dios que adoramos los cristianos y el que adoraban
los hebreos en la antigua Alianza. Un Dios
misericordioso y justo al mismo tiempo.
Al considerar cuidadosamente las evidencias de los
Evangelios, resulta claro que la revelación de la ira de
Dios en Jesucristo constituye una parte importante de su
ministerio profético y sacerdotal (d. Lc. 10: 14;
12:4-5; 13:4-5; Mt. 24). La expulsión de los mercaderes
del templo expresa la santa indignación de Jesucristo.
Hace suyas las palabras de Jeremías (Jer. 7:8-11) y
declara que aquel templo no era más que una cueva de
ladrones (Mt. 21: 13). Cuando según el Evangelio de Juan
«hizo un azote de cuerdas y echó fuera del templo a
todos» (Jn. 2: 15-17), no era llevado solamente por el
celo de la casa de Dios, como sus discípulos
acertadamente comprendieron, sino que se hallaba
cumpliendo las palabras de Malaquías 3: 12 «,Y quién
podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá
estar en pie cuando el se manifiesto porque él es como
fuego purificador y como jabón de lavadores».
Jesús manifestó la ira divina mediante la severidad con
la que denunció a aquellos cuya conducta y creencias
eran contrarias a lo que sabían era la explícita
voluntad de Dios, o que deliberadamente rechazaban la
gracia que se les ofrecía en la propia persona y obra
del Redentor. Algunas de sus más agrias denuncias fueron
dirigidas a los fariseos ( Mt.18:6). La serie de Ayes
que llenan Mateo 23 no expresan menos la ira de Dios que
puedan hacerlo Habacuc 2:6-19 o Isaías 5:8-25.
Igualmente severas son las palabras de Jesús en Mateo
21:44, en Marcos 3:29 y en Juan 8:42 y ss. Son palabras
de Cristo muy duras, pero forman parte integrante de la
revelación de Dios dada a conocer a través de Jesucristo
tanto como aquellas otras sentencias del Maestro que
expresan tan maravillosamente el amor del Dios hecho
hombre.
Echar a un lado estas palabras airadas de Jesús y
concentrar la atención únicamente en aquellos pasajes de
los Evangelios que proclaman la misericordia de Dios
significa presentar un mensaje debilitado e incompleto
que no podrá nunca hacer lo que Cristo quiso que se
hiciera con él y por él: salvar a los hombres de la ira
que ha de venir.
La ira divina expresa el desagrado de Dios ante el
pecado, la inmoralidad, la impiedad y la injusticia. Es
uno de los elementos que se manifiestan en los juicios
divinos. De ahí que no podamos entender la ira si no
entendemos el juicio. Si no reconocemos al Creador el
derecho que tiene a juzgar a sus criaturas tampoco
comprenderemos la lógica de su ira.
Ira y juicio son inseparables. El Salmo 94 lo expone
magistralmente con su lenguaje impactante:
«Engrandécete, oh Juez de la tierra; da el pago a los
soberbios. ,Hasta cuan¬do los impíos, hasta cuando, oh
Yahvéh, se gozarán los impíos?¿,Hasta cuándo
pronunciarán, hablarán cosas duras, y se vanagloriarán
todos los que hacen iniquidad? A tu pueblo, oh Yahveh,
quebrantan, y a tu heredad afligen, a la viuda y al
extranjero matan, y a los huérfanos quitan la vida. Y
dijeron: No verá Yah, ni entenderá el Dios de Jacob...
No abandonará Yahvéh a Su pueblo, ni desamparará Su
heredad. Sino que el juicio será vuelto a la justicia, y
en pos de ella irán todos los rectos de corazón».
Ira y juicio aparecen indisolublemente unidos tanto en
el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Con su airada
indignación, Dios quiere enseñamos la gravedad del
pecado y la seriedad de la justicia.
LA IRA DE DIOS y LAS ÓRDENES DE EXTERMINIO
Admitida y comprendida la ira de Dios, tal como viene
expuesta en la Biblia, y admitida la necesidad de su
manifestación en el ultimo día, el día del juicio final,
queda sin embargo planteada todavía una cuestión que
suscita perplejidad, cuando no escándalo, en muchos
creyentes: ¿cómo explicar el hecho de que Dios ordenara
el exterminio de pueblos enteros al conquistar Israel la
tierra prometida?
En la conquista de Jericó, de Hai y de otras ciudades,
la ley del anatema se proclama y ejecuta en nombre de
Dios (Josué 6 y 8). Fueron entregados al exterminio
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, incluso los bueyes,
las ovejas y los asnos; todos fueron pasados a filo de
espada (Jos. 6:21).
¿Cómo comprender estos hechos? Ante todo, debemos
recordar aquí que nos encontramos frente a verdades
profundas y complejas Por lo tanto, no sirven las
respuestas apresuradas y superficiales. Nos encontramos
investigando una de aquellas secciones de la Palabra de
Dios, de la cual Pablo exclamaba: «¡Oh profundidad de
las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!
¿Cuán insondables son tus juicios, e inescrutables sus
caminos!» (Ro. 11: 33) Tengamos en cuenta, asimismo, el
carácter progresivo de la Revelación y su cumplimiento
en el Nuevo Pacto. El carácter progresivo de la Historia
de la Salvación, aunado al hecho de que los libros de la
Sagrada Escritura constituyen una unidad básica dentro
de su diversidad, nos obliga a considerar cada sección
de la misma dentro de su contexto global. Si queremos
comprender una parte de la Biblia, cualquiera que esta
sea, debemos relacionar este punto concreto con una
visión completa de la Escritura, en todas sus etapas,
desde el primer libro del Antiguo Testamento hasta el
último del Nuevo. Solo respetando esta unidad profunda
de la Biblia, como Revelación de Dios, en su progresión
y en el discernimiento de los propósitos divinos, es
como podremos dar algunas respuestas a los interrogantes
planteados
Una primera lectura de los textos en Números, Josué y
algún otro libro, parece indicar que en el caso de las
ciudades conquistadas, el anatema pronunciado contra
ellas expresaba la obligación de extirpar la idolatría y
de afirmar la santidad y la verdad del verdadero y único
Dios. Pero, ¿por qué Dios ordenó en aquella ocasión, y
no en otras, el total exterminio de pueblos enteros?
Hay tres preguntas fundamentales que hacer a los textos
bíblicos:
1) ¿Eran los cananeos unas víctimas cualquiera?
2) ¿Era Israel un pueblo conquistador cualquiera?
3) ¿Fue el exterminio de los cananeos una regla para
cualquier otro tiempo histórico?
1. Los cananeos, ¿unas víctimas cualquiera?
Génesis 15:16 demuestra claramente que se trataba de
unos pueblos que habían llegado a una situación límite
en cuanto a perversidad, corrupción e impiedad.
Al igual que Nínive para quien «no hay medicina». y cuya
«herida es incurable». (Nah. 3: 19), los habitantes de
Palestina habían llegado al colmo de su maldad, Gn. 15:
16 es un texto importantísimo para nuestro tema: Dios es
paciente para con el pecador. No castiga sino cuando la
iniquidad ha llegado a su cenit; ni un solo minuto antes
alzará su mano. Además, su misericordia es tal que
permitirá la esclavitud de su pueblo en Egipto, con
todos los sufrimientos que la misma conllevó, con tal de
no hacer violencia a su principio de justicia y no
infringir castigo antes del tiempo justo, exacto y
definitivo, cuando ya no queda ninguna esperanza de
salvación, cuando la maldad ha llegado a su colmo.
La sentencia que Dios ejecutó por medio de los hebreos
no fue mas que anticipar un castigo que tenía que
llegar, inevitablemente, más tarde o temprano. En este
caso se anticipó la manifestación de la ira divina en
contra del pecado.
2. ¿Fue Israel un pueblo conquistador cualquiera?
Por todos los medios, Dios quiere proteger a Israel para
hacerla depositario y transmisor de su Revelación y su
salvación a todas las familias de la tierra (Gn. 12:3).
La perversidad, la idolatría y la impiedad de los
amorreos, los madianitas, y los demás pueblos que
habitaban Palestina, constituía una infección cancerosa
que hubiera acabado destruyendo a Israel. A lo largo del
Antiguo Testamento leemos como, a pesar de la protección
divina, Israel cayó una y otra vez ante el atractivo que
las formas de vida pecaminosas de los cananeos
ejercieron en ellos. Y ello por haber desobedecido, en
varias ocasiones, la orden de exterminio y preferir la
convivencia con los idolatras, a la manera de Lot en
Sodoma.
Olvidamos demasiado fácilmente que Israel fue llamado
expresamente por Dios para recibir, guardar y transmitir
el conocimiento redentor del Dios único, en medio de un
mundo y unas sociedades atraídas irresistiblemente por
la idolatría y toda su secuela de inmoralidad, crueldad,
y corrupción, A ellos les fue confiada la Palabra de
Dios (Ro. 3: 1-2). Por consiguiente, Jesús afirma que la
salvación viene de los judíos Un. 4:22). Esta custodia
de la Revelación divina se encontrara en peligro muchas
veces, en el devenir histórico de Israel; en ocasiones,
por causas internas, otras veces por amenazas externas.
Pensemos, como una combinación de ambos elementos, en la
situación de Israel bajo el reinado de Acab y Jezabel (1
R, 18 Y ss.) Y como Dios permitió el exterminio de los
sacerdotes de Baal-obcecados, obstinados en su idolatría
y prestos a eliminar a todos sus oponentes con el
beneplácito de la reina-, de la misma manera que antes
había pronunciado sentencia contra Sodoma y Gomorra.
La protección que Dios brinda a Israel no se debe a que
fuera mejor o peor que los demás pueblos (Dt. 7:6-11)
sino al hecho de ser instrumento de bendición universal
mediante la Revelación y la salvación que debe entregar
al mundo.
La singularidad de Israel le viene de que no hay, ni
hubo jamás, ningún otro pueblo como el Israel del
Antiguo Testamento, cuya supervivencia fuera tan vital
para la historia de la humanidad y muy particularmente
para la historia de la salvación que tuvo lugar en su
seno. La preservación de Israel era algo fundamental
para el bien del futuro del mundo, y esta preservación
tenía que ser tanto física como moral, nacional y
espiritual.
Existe una relación indisoluble entre la existencia de
Israel como pueblo de Dios en la Antigua Alianza y la
realidad histórica de la persona y la obra de
Jesucristo.
Jesús de Nazaret ha irrumpido en la historia del mundo
para iluminar y salvar definitivamente a los hombres y
mujeres que creen en él. Ahora bien, los autores del
Nuevo Testamento establecen una vinculación inseparable
entre el gran hecho salvador del ministerio y la muerte,
la resurrección y la ascensión de Jesucristo y la
historia pasada, es decir: la historia del Israel
bíblico.
El Nuevo Testamento establece una relación inconsútil
entre la obra de Dios en la historia de Israel y la obra
de Dios en Cristo.
Lejos de ser un acontecimiento inicial, o aislado, la
manifestación de Jesucristo aparece en el Nuevo
Testamento como el cumplimiento de la obra que Dios
emprendió ya desde la más remota antigüedad y la condujo
a su término con incansable paciencia en el seno, y a
través, del pueblo de Israel constituido bajo la égida
de Moisés. La grandeza y la eficacia decisivas del hecho
central del Calvario destacan mucho mas si se contemplan
a la luz del cuadro de toda la historia de la salvación
desde el principio y hasta su cumplimiento. Separar este
acontecimiento que llena las páginas del Nuevo
Testamento de las promesas dadas a Israel -¡y aun de los
eventos vividos tipológicamente por el antiguo pueblo de
Dios!- equivale a un robo: equivale a quitarle al Nuevo
Testamento las raíces históricas de su profundo
significado revelador y salvador. Esta es la razón por
la que el Nuevo Testamento cita continuamente del
Antiguo. Y es imposible admitir la verdad de aquel sin
reconocer, al mismo tiempo, la de éste. El camino de
Emaús conduce a esta verdad inexorablemente (Lc. 24:
13-35).
3. ¿Fue el exterminio de los cananeos una regla para
cualquier otro tiempo histórico?
¿No ha habido a lo largo de la historia otros pueblos
que han caído en iguales, o parecidos, excesos y
corrupciones? Efectivamente, los ha habido, A veces,
Dios fulmina a imperios y a culturas antes del juicio
final. Pero quedan otras colectividades y otras personas
nefandas cuyos crímenes esperan todavía sentencia; la
sentencia del último día.
Lo que no ha habido nunca, después de realizada la obra
salvadora de Jesucristo y cerrado el canon de la
Revelación bíblica, es otro pueblo cuya supervivencia
fuera tan necesaria e imprescindible para ]a bendición
de toda la humanidad como la existencia del Israel de la
Antigua Alianza.
No es lícito, por lo tanto, apoyarse en estos textos
veterotestamentarios para tratar de justificar acciones
similares de las que, desgraciadamente, está llena la
crónica de las naciones. Tanto las cruzadas medievales
como la Inquisición apelaban a estos textos como
incitadores de las mal llamadas «Guerras santas».
Atinadamente, el filosofo judío Martín Buber escribió:
«Lo que la Torah enseña es esto: nadie sino Dios puede
ordenamos la destrucción de un ser humano».
Sólo Dios puede dar tales órdenes, porque sólo él es
Juez perfecto, infinitamente justo y sabio.
No podemos negar la existencia de pueblos tan corruptos
y decadentes como los cananeos de tiempos de Moisés y
Josué. Pero lo que ha cambiado es la situación
histórica, y muy concretamente el momento de la historia
de la salvación. No hay ninguna comunidad humana, hoy,
cuya supervivencia tenga para la preservación del
depósito de la Palabra divina, la misma importancia que
tuvo entonces Israel, ya los apóstoles vivieron en la
plenitud de la revelación de esta Palabra, Revelación y
redención han sido consumadas en los días apostólicos.
Esta es la ventaja que tenemos sobre los fieles del
Antiguo Testamento (1 P. 1: 10-12). Tanto la acción
redentora como la reveladora han sido realizadas plena y
perfectamente. Su testimonio ya no es patrimonio de un
solo pueblo nacional y políticamente organizado sino del
nuevo Israel de Dios, la Iglesia de Jesucristo
desparramada por todo el mundo, como pueblo en medio de
los demás pueblos de la tierra.
Hay que comprender, pues, que las órdenes dadas por Dios
en el tiempo de la conquista de Canaán no son de
aplicación universal ni justifican cualquier acto de
violencia contra el prójimo en nombre de ]a religión.
Quienes apelan superficialmente al Antiguo Testamento no
sólo cometen errores de exégesis sino, lo que es más
grave, suelen verse arrastrados hacia conductas indignas
del Evangelio. Esta ha sido siempre la tragedia de las
guerras de religión y de todas las inquisiciones. Nada
hay que justifique el uso de la violencia por parte de
la Iglesia.
Tenemos que dejar el juicio en manos de Dios: «No os
venguéis vosotros, amados mío, sino dejad lugar a la ira
de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo
pagaré, dice el Señor» (Ro. 12: 19). Esto no significa
que, mientras tanto, el cristiano debe estar cruzado de
brazos, a la manera del descanso sabático de los judíos
en el que no cabía siquiera la posibilidad de obrar
activamente en favor del bien. Significa simplemente
que la acción cristiana debe tomar como motivación el
amor y como precaución la crítica constructiva,
realista y comprensiva, para vencer con el bien el mal (Ro.
12:21; Lc. 6:28 ). Porque, como escribió Santiago, «la
ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Stg. 1
:20).
La ira divina es siempre la expresión de su santa
justicia; la ira del hombre, por el contrario, refleja
la pecaminosidad del ser humano y su incapacidad para
vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
De ahí la alerta constante frente al peligro de
confundir la expresión de la ira del hombre y la
justicia de Dios.
Nuestras emociones, y nuestras reacciones, son
ambivalentes: necesarias y peligrosas a la vez. Dios nos
ha creado con la capacidad de airamos, es decir: de
enfadamos. Pero siempre es un problema para nosotros los
humanos el saber hasta donde podemos llegar con nuestra
indignación.
Algunos textos de la Escritura se hacen eco de esta
doble realidad; es decir, de la necesidad y de la
peligrosidad de nuestra ira. En primer lugar, el libro
de los Salmos. En el Sal. 39: 1-3 su autor es consciente
de su deber de denunciar el mal y controlar al mismo
tiempo su cólera contra los impíos. Un exceso de ira, al
igual que un exceso de falsa prudencia son malos. El
Sal. 4:4 aconseja: «Temblad y no pequéis; meditad en
vuestro corazón estando en vuestra cama y callad». El
temblor de que se habla aquí es el producido por la
indignación que provoca toda situación de injusticia.
Efesios 4:26-27 va en la misma dirección: «Airaos, pero
no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni
deis lugar al diablo».
En ninguno de estos textos encontramos prohibiciones.
Todo lo contrario, los verbos en imperativo mas bien
sugieren la responsabilidad que tenemos, como creyentes,
de indignamos frente a toda forma de injusticia. En un
mundo caído, tan corrompido como extraviado, lo
pecaminoso seria quedar indiferente. Hay casos en que la
insensibilidad es pecado. Pero estos textos advierten
también del peligro de caer en pecado al montar en
cólera incontrolada.
La cuestión estriba en saber mantenerse dueño de uno
mismo. Y esto vale para las colectividades lo mismo que
para los individuos. Los textos citados, sin
prohibiciones, invitan a la armonía que se deriva
siempre del autocontrol. Animan a velar sobre nuestras
reacciones, a que no se ponga el sol sobre nuestro
enojo.
Se trata de empezar arreglando las cosas primeramente en
nosotros mismos -meditad en vuestro corazón estando en
vuestra cama- antes que la luz se apague o el sueño nos
invada con su universo de fantasías.
Montar en cólera contra la injusticia no nos exime del
serio auto-examen y del esfuerzo por hallar vías de
reconciliación y de lucha eficaz contra los males de
este mundo. Es así como no daremos lugar al diablo.
La ira del hombre no obra la justicia de Dios. Los
inquisidores de toda laya (inquisidores políticos,
religiosos o culturales) supieron airarse pero no
pudieron establecer la justicia ni mostrar el amor de
Dios.
En cambio, la revelación divina, tanto en el Antiguo
como en el Nuevo Testamento, presenta un santo
equilibrio entre el juicio y la misericordia de Dios.
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