Introducción:
La grave incidencia de
esta dupla de enfermedades actuales, nos hace pensar que
además de reconocerse por sus trastornos psicosomáticos y
desequilibrios nutricionales, puede ilustrarnos y
advertirnos en cuanto a la condición espiritual que aqueja
a muchos cristianos.
Cuando hablamos de
verdades paralelas, queremos significar que existen
realidades espirituales que corren parejas con aquellas
que nos es posible observar en el mundo físico. Así las
parábolas y otros símiles usados por nuestro Señor
Jesucristo, eran una alegoría de verdades espirituales y
eternas con que todavía nos está enseñando desde los
evangelios.
Es en este marco que
examinaremos cómo tales trastornos se corresponden también
en la vida espiritual de los cristianos.
Si bien es entre los
simples miembros de las iglesias que hallamos la mayor
cantidad de casos, es el elenco ministerial, que por más
visto y expuesto, ofrece los síntomas más notorios de
estos graves desórdenes.
Aunque en lo físico no
es esta una enfermedad infecciosa que pueda contagiarse,
en lo espiritual sí puede trasmitirse, dada la incidencia
que la vida, hábitos y actitudes de los pastores suele
tener sobre sus ovejas. Esta es la razón por la que
observaremos las peculiaridades del síndrome en unos y
otros.
Si la información
médica contribuye a evitar, detectar y tratar estos males,
no nos cabe la menor duda que nuestro Médico celestial nos
ha dejado en su santa Palabra las instrucciones precisas
para socorrer a cuantos padezcan estos males, o se hallen
en riesgo de contraerlos.
Es por eso que oramos
al Padre en el nombre del Hijo para que el Espíritu que
inspiró esa Palabra nos guíe a toda verdad en este asunto.
Ricardo Estévez Carmona
Lomas de Solymar, Julio 5 de 2002
Anorexia espiritual
La anorexia es definida como pérdida
del apetito, o como lo expresa nuestro Diccionario: “Falta
anormal de ganas de comer”.
Tras el respirar, el alimentarse es
una necesidad vital de toda criatura viviente, incluso
antes de nacer, ya en el vientre de la madre. Cualquier
desgano en tal sentido, anuncia que la persona no está
saludable, ya sea en lo físico, anímico o espiritual.
Siendo apenas un síntoma de un
trastorno que puede ser originado por múltiples y
distintas causas, solamente sirve de aviso que algo anda
mal y seguirá peor a menos que sea corregido.
Recomienda la Escritura al pastor:
“considera atentamente el rostro de tus ovejas”
(Prov.27:23). Lamentablemente, son tantos los problemas
que actualmente abruman a los pastores, procurando la
subsistencia de su familia y el sostén de su ministerio,
que ni tiempo tienen siquiera de ver su propio rostro en
el espejo. Así que habrá que excusarles porque no se
detengan a ver si el rostro de sus ovejas indica algún
síntoma de debilidad espiritual. A lo sumo manifestarán
algún interés por como les marcha el trabajo, ya que de
allí podrán estimar su capacidad de ofrendar. Sin embargo,
son tantos los que hoy están con ingresos reducidos y sin
trabajo, que ni sirve preguntar por ello, pues sería como
invitarles a dar una excusa que no quieren oír.
Además, esta anorexia espiritual no es
un mal originado en las “ovejas locas”, sino que les fue
trasmitido por sus propios pastores en su menguada ración
de pasto. Si ellos no están saludables, robustos y
vigorosos -en su vida espiritual-, tampoco tienen la
fuerza y disposición necesarias para sustentarlas
convenientemente. Así que no es simple coincidencia sino
algo totalmente natural, que la flacura de la grey
descubra la de sus conductores.
El mismo miedo que algunas jovencitas
tienen a excederse de peso y perder su buena forma (dismorfofobia),
es el de no pocos cristianos que temen “perder imagen”.
Todos saben que para estar espiritualmente sanos requieren
de la leche espiritual, el verdadero maná, el manjar
sólido y la plenitud del Espíritu Santo. Pero también
saben que su crecimiento espiritual implica
responsabilidades mayores en la obra de Dios. Así que
puede resultar más cómodo mantenerse como pequeñines
(espiritualmente hablando), mientras no se afecten otros
aspectos de su personalidad, como puede ser: aceptación,
prestigio y autoridad.
La ventaja obvia que puede resultar
para un ministro su mejor conocimiento de las Escrituras,
la doctrina, y acaso de la teología, implica también
preocupaciones tan serias como indeseables. Así que
“cortar por lo sano” significa en este caso, contentarse
con lo que le fue enseñado en el Seminario o Instituto
donde se graduó, y no complicarse la vida con un
aprendizaje cotidiano que pretenda algo más que la simple
preparación del bosquejo de su próximo sermón.
Nadie quiere hoy día parecer un
fanático, legalista o dogmático, aunque esencialmente se
sea. La mejor forma de disimularlo se consigue no ganando
peso espiritual a costa de mucho estudio bíblico,
lecturas, meditaciones y pías conversaciones. Es evidente
la apreciable indisposición general que se observa entre
los ministros, de manera que el ejercicio de su profesión
compensa la falta de nutrición intelectual y espiritual.
La acción suplanta a la inapetencia; el hacer al pensar,
el predicar al conversar, y el mostrarse en público a la
comunión privada con Dios. Probablemente el mayor
ejercicio intelectual que ha reemplazado a la atenta
lectura de las Escrituras, esté en leer y responder a los
correos electrónicos.
Pero tras el diagnóstico, ¿qué sigue?
De poco o nada serviría el dictamen médico si no siguiera
la prescripción del tratamiento adecuado. Pero para que el
paciente se someta al tratamiento, será necesario que esté
convencido tanto de la bondad y conveniencia de éste, como
de lo acertado del diagnóstico.
Entre los cristianos, es muy difícil
admitir que se está padeciendo de alguna anomalía
espiritual; y bastante difícil someterse al trato que sólo
Dios por su gracia puede darle para el recobro de su salud
espiritual.
Quizá la única recomendación que nos
atreveríamos hacer a quienes están inapetentes de Dios, de
su Palabra y su Espíritu, es que comiencen a obedecer al
Señor. Esto significa, que en cuanto logren darse cuenta
de la singular aventura que significa practicar día a día
lo que se va aprendiendo, se despertará el apetito por
conocer mejor a Dios, instruirse en su Palabra y ser
llenado y guiado por su Santo Espíritu.
La falta de disposición para acatar
los mandamientos de Dios, hace estéril cualquier
determinación de estudiar su Palabra. Si no existe la
voluntad pronta y dispuesta a obedecer lo aprendido, jamás
se aprenderá realmente.
Cuando mi nieto se muestra renuente a
alimentarse, lo estimulo con la idea de volverse alto como
su padre, estar fuerte para correr veloz y poder golear a
su abuelo jugando al fútbol. Entonces, concluye su plato,
jugamos, y por más que me esmere no puedo evitar su lluvia
de goles.
La vocación cristiana a la que hemos
sido llamados, las promesas y los dones que por su gracia
Dios nos concede, nos presentan un camino y una meta
promisorios por demás. Quizá falte desarrollar mejor esta
visión para despertar un genuino y sano apetito, y acabar
así con la anorexia espiritual.
Ayudará, ciertamente, el empaparse de
la Palabra de Dios, mirando los atributos divinos y cual
ha sido el llamamiento que nos hizo por su gracia.
Descubrir cuán importantes somos para Él, cuánto nos ama,
todo lo que nos ha dado, y lo que hará todavía con
nosotros, nos hará perder el temor a lo que los demás
piensen de nosotros, pues nuestra pasión pasa ahora a ser
Él mismo: agradarle, contentarle, satisfacerle.
Bulimia espiritual
A la inversa de la anorexia,
caracteriza a la bulimia un apetito atroz; un hambre
desesperante que a la vez que es insaciable, lucha con el
temor a engordar y afear su aspecto físico. De ahí que se
intente a través de la compensación satisfacer el hambre y
controlar el peso. Al exceso de la ingesta, para anular
sus efectos, siguen los vómitos provocados, uso de
laxantes, dietas exageradas y/o abuso de los ejercicios
físicos.
En el terreno espiritual, tenemos que
reconocer antes que nada, que no existe límite alguno en
cuanto a la sed o hambre de Dios, de su Palabra y de su
Espíritu que pueda tener un cristiano. Esto jamás será
enfermizo, y no indica un padecimiento anómalo de ninguna
clase. Nuestro problema no está lamentablemente en que
deseemos demasiado del Señor, sino que nos acontezca lo de
Isaías 53:2b: “le veremos, mas sin atractivo para que le
deseemos”.
Toda mi vida he escuchado el manido
argumento sobre los hermanos que saben mucho de la Biblia
pero que su vida cristiana deja mucho que desear.
Cuando he pedido ejemplos, siempre fue
difícil proporcionar casos auténticos; cuando se dieron, a
poco de examinarlos mejor, se hacía evidente que el
conocimiento de las Escrituras de esos hermanos, ni era
amplio ni exhaustivo; normalmente aparente o apenas
relativo entre el grupo donde ellos se movían. Que en
tierra de ciegos el tuerto sea rey, nunca haría de éste un
buen observador.
Siendo que de todos modos el hambre es
real y no ficticia, debemos convenir que el problema más
que en la propia ansiedad, está en lo que es el objeto de
la misma, que sin duda no es Dios, su Espíritu y su
Palabra; ya que amar a Dios por sobre todas las cosas y
con todo nuestro ser es el primer mandamiento, ser llenos
del Espíritu es igualmente una ordenanza sin medida de
suministro, y conocer su Palabra, creyéndola, amándola,
obedeciéndola, practicándola y compartiéndola, es asunto
de nunca acabar.
Lo que se apetece, entonces, es lo que
resulta placentero al momento de saborearlo, y
seguidamente se vuelve repulsivo, pues su permanencia en
el organismo colma la capacidad digestiva impidiendo una
nueva ingestión.
Así como los estados depresivos son
comunes entre los bulímicos, así también la inconstancia
es propia de los aquejados por la bulimia espiritual.
Nos hallamos pues ante el caso
patológico del maníaco religioso. A veces nos sorprende
gratamente descolgándose con dichos y hechos inauditos,
pero correctos y con un nivel de excelencia. Al rato nos
deja estupefactos, diciendo y haciendo lo contrario con
una bajeza indigna del comportamiento anterior. La
confusión que provocan estas imprevisibles actitudes
generan temor, dependencia e incondicional adhesión de los
caracteres débiles que como masoquistas disfrutan tanto
del halago como del maltrato. Aunque son indeseables
especímenes, abundan en las iglesias mucho más de lo que
suponemos.
Así que lo que ahora tanto desean, al
rato lo aborrecen y lanzan fuera, para volver a repetir el
ciclo una y otra vez.
El caso más común de bulimia
espiritual se da entre los mismos pastores, que pudiendo
ser por momentos fogosos evangelistas, no bien consiguen
bautizar y congregar en su redil la oveja, se desentienden
de la misma; y de marcar ella presencia con algún don
espiritual, prontamente es puesta de patitas en la calle.
Sus iglesias no crecen sino que apenas se mantienen; pues
tantos ingresan por el frente, tantos salen por la puerta
de atrás. De las ovejas no queda en la iglesia más
recuerdo que la lana de su trasquila. Lo paradójico en
estos casos, es que quienes más usan de la Biblia, más
fácilmente la ignoran y menos la quieren, mostrando una
bibliafobia que les lleva a la desesperación ante una
Biblia abierta no por sus manos.
En cuanto a los miembros de las
iglesias, el comportamiento bulímico se percibe mayormente
en mujeres y jóvenes, sensibles a la terapia grupal que
hallan en la congregación a la que asisten. Al momento del
culto pueden disfrutar de la celebración y la alabanza (no
de la exposición de las Escrituras), y mayormente de la
ministración final cuando son invitados a pasar al frente.
Son bien dispuestos a las largas vigilias y ayunos, así
como para ausentarse de la iglesia por un buen tiempo
incursionando por los antros de perdición del mundo.
Alternan entre la iglesia y las discotecas; y así como
suben a dar su testimonio en una campaña evangelística, al
tiempo lo dan en la cárcel ante los compañeros de prisión
que procuran “convertir”. Algunos hasta se vuelven
parásitos de los mismos pastores que oportunamente
supieron usarlos como trofeos de conversión en su
ministerio.
¿Qué es lo que está incidiendo entre
tantas mujeres y jóvenes que suelen componer la gran
mayoría de la membresía de las iglesias, para quedar
presos de la bulimia espiritual? La presión social
parecería activar los mecanismos psicológicos que no es
debidamente contrarrestada por una efectiva predicación
del evangelio de Jesucristo. El ser igual a los demás
parece ser entonces una premisa más deseable que la de ser
imitadores de un Cristo cuyos discípulos contemporáneos le
confiesan con sus labios y le niegan con sus vidas.
¿Cuál tratamiento puede ser efectivo
para librar a un cristiano de su bulimia espiritual?
Así como los
pacientes anoréxicos y bulímicos rara vez acuden al
médico, tampoco recurren a la consejería espiritual los
cristianos así afectados. Pero la mejor terapia está en
las manos de Aquel que es nuestro mejor Consejero y Médico
espiritual. A Él debe volverse el creyente atribulado; Él
lo sanará.
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